JFK

Cuando los médicos me recomendarón un mes de reclusión hogareña, mi primera intención fue enterrarme entre películas, y no salir de esta habitación para nada, sólo para satisfacer las necesidades básicas y saludar a la familia en las horas de comer. Un retiro monacal dedicado a la cinefilia y a la escritura antes de que llegara el Mundial de Fútbol, y mi clausura ya fuera completa y vergonzosa. Pero al llegar a casa me encontré con un libro gordísimo que también esperaba la oportunidad de un asueto, de un paréntesis inesperado en las responsabilidades. JFK, Caso Abierto, se titula. Lo compré hace meses llevado por la nostalgia de los océanos de tiempo, cuando uno navegaba a bordo de libros que eran como trasatlánticos interminables, y las horas parecían multiplicarse, y los ojos no se adormilaban jamás en el intento. El tiempo de lectura, ahora que me duermo en cualquier reposo, son cuatro charcos esporádicos que voy cruzando en barquitos de papel, tres páginas por aquí, cuatro páginas por allá. A los dos minutos los renglones se juntan y las palabras se intercalan, formando textos surrealistas que me inducen a la modorra instantánea. Algo de lo que después sueño  tiene que ver con esos párrafos formados al tuntún, ideas extrañas que surgen del collage que arman mis ojos.



            Leo las primeras páginas del libro y el recuerdo imborrable de JFK, la obra maestra de Oliver Stone, regresa una y otra vez.  Necesito recobrar las imágenes para que la lectura se vuelva fluida y apasionante. Es la quinta o la sexta que la veo, y no me importan sus imperfecciones, ni sus visiones subjetivas. En los ratos imperfectos me recreo en la belleza de Sissy Spacek, y en los ratos divagatorios le concedo a Oliver Stone mucho más que el beneficio de la duda. Y que se jodan, los creyentes en la comisión Warren. JFK es para mí una película fundacional, quizá el primer hito en mi formación como ciudadano interrogante y desconfiado. La descubrí con diecinueve años siendo un imberbe tontaina que aún creía en la honestidad de los gobiernos, y salí de ella convencido para siempre de la naturaleza diabólica de los gobernantes. Todo lo que he visto o leído desde entonces no ha sido más que el refrendo o el subrayado de aquellas revelaciones. Tengo cien libros y cien películas que vienen a contar más o menos lo mismo que expone JFK: que no mandan los que parecen; que la democracia es una fachada; que los mecanismos de poder son intocables; que nada ha cambiado desde la antigua Roma; que los Césares son contingentes y no necesarios. Que el poder del pueblo sólo es una bonita ilusión.




El libro que ahora me ocupa es demasiado condescendiente con la versión oficial. El autor siembra dudas en esto y en aquello, pero se nota que lo hace para cumplir el expediente, y para que los lectores avezados no lo tachen de simplón. Se nota que es un tipo políticamente correcto, centrado, centrista, que no se ha metido en este quilombo para destapar asuntos sucios del gobierno, sino para vender libros con el reclamo de una fotografía de Kennedy morituri en la portada. El tipo se nos pierde en los detalles, y se olvida de lo sustancial. Como decía X, el inolvidable personaje de Donald Sutherland en JFK, lo que menos importa es si fueron los cubanos o la mafia, los anticastristas exiliados o los camioneros de Jimmy Hoffa. La identidad de la mano ejecutora sólo es un juego de adivinación. Una distracción para el público. Lo importante es saber quién se benefició con la muerte de Kennedy. Quién pudo perpetrar algo así y luego mantener el secreto. Quiénes se forraron, quiénes medraron, quiénes consiguieron lo que con su presencia viva no podían obtener. No es difícil de averiguar. Basta con ver la película atentamente y leer un par de libros sobre el tema. No éste, precisamente, sino otros, que algún día recomendaré en un blog paralelo que verse sobre libros conspiranoicos. Cuando recobre aquellos ojos, y regresen aquellas noches.



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