De óxido y hueso

En la vida real, y en la vida de las películas, hay millares de hombres dejándose la vida por un amor imposible. Persiguiendo mujeres que están predestinadas para hombres de otro calado, de otro porte. Uno mismo, sin ir más lejos, cayó en ese autoengaño durante la juventud, y ahora se compadece mucho de los que así se equivocan y se estrellan. Ascender esa empinada ladera es un trabajo interminable de Sísifo: cuando ella parece sonreírte, o hacerte un mínimo de caso, vuelves a rodar hacia el abismo. Hay que nacer en la cima para poder codearse con ellas. O esperar a que ellas se despeñen, como cabras locas o desafortunadas, y se laman las heridas en este submundo donde los cuerpos sudan, los dientes se mellan y los cabellos encanecen. Ayer, en La mejor oferta, notable película de Giuseppe Tornatore, sólo una agorafobia de manual fue capaz de poner en brazos de Geoffrey Rush, australiano feote y canijo, a una mujer de catálogo como Sylvia Hoeks, actriz holandesa de rostro virginal y cuerpo de adolescente. Hoy, en De óxido y hueso, la fallida película de Jacques Audiard, Marion Cotillard, que era la sirena más hermosa del acuario, se ve expulsada del paraíso de las mujeres completas  y busca refugio sentimental en un muchachote algo tarado que practica el boxeo tailandés en peleas ilegales. Una idea peregrina, como se ve, que el guión trata de remontar y de hacer verosímil, sin conseguirlo. La mejor oferta y De óxido y hueso hablan, en el fondo, de la caída en desgracia de dos mujeres hermosas. De diosas que se vuelven mortales por culpa de un defecto, o de una desgracia. Es la única estrategia que nos queda a los hombres grises para conquistar la belleza: sentarse y esperar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com