The act of killing

Hace cincuenta años, en Indonesia, tuvo lugar una matanza que se comenta muy poco en los libros de historia. Unos dicen que fueron quinientos mil, y otros que un millón, los miembros y simpatizantes del Partido Comunista que fueron asesinados en una limpieza patrocinada por los americanos, y ejecutada a partes iguales entre el ejército y las facciones paramilitares muy parecidas a la Falange. De paso, para aprovechar mejor los cuchillos y las balas, los indonesios de bien se cepillaron a buena parte de la comunidad china, que allí son como los judíos en la Alemania de Hitler, presuntos culpables de la crisis económica, del patriotismo tibio, de la ruina moral y genética de la raza.  Y ya puestos a matar, y a limpiar Indonesia de indeseables, los golpistas aprovecharon para ajustar cuentas personales con el vecino, con el tendero, con el campesino que no quería vender el huerto para que allí pusieran unos chalets y un centro comercial. Otro comunista que no deseaba el progreso económico de la nación.



            Medio siglo después, el documental danés The act of killing viaja a Indonesia no para hablar con los exiliados, con los supervivientes, con los hijos de los asesinados. Eso ya se ha hecho en otros documentales que llegan muy tarde a la denuncia. Aquí la originalidad reside en que los entrevistados son los mismos asesinos de entonces, ya ancianos y orondos.  Ahora militan en la alta política, dirigen las bandas paramilitares, aparecen  en  platós de televisión narrando la viejas carnicerías entre las carcajadas del público.  Son verdaderos héroes de la patria que no esconden sus actos, ni moderan sus verborreas. Los gobernantes les apoyan, los militares les respaldan y los plebeyos les votan convencidos de que sin ellos volverán los comunistas que violaban niñas y sodomizaban  ancianos. 
             Oppenheimer y Cynn, que son los responsables de esta peculiar idea, se las arreglan para que esta gentuza hable ante la cámara sin tapujos, quizá ignorantes de que no están hablando para la audiencia nacional, sino para un documental que será visto en el mundo entero, y que hará vomitar de asco a los que no participan alegremente de su anecdotario sangriento. O son así de chulos, quién sabe, y piensan que aquí también les vamos a reír la gracia, y a honrarles como salvaguardas de los valores eternos.



            Voy escribiendo estas cosas y de pronto me doy cuenta de que aquí mismo, en España, no hace más de treinta años, en los bares del barrio y en las cafeterías del centro,  también se formaban tertulias de falangistas que aprovechaban la partida de tute o de dominó para recordar las hazañas de la Guerra Civil. De cuando iban por las calles repartiendo hostias, por los portales haciendo sacas, por los calabozos eligiendo víctimas. De cuando levantaron este país y lo salvaron de caer en la barbarie igualitaria que repartía tierras y mandaba callar a los curas. Los tipos que yo conocí en Invernalia se parecían mucho a estos indonesios del barrigón desmesurado y la mirada orgullosa. No sé si alguno de estos parroquianos llegó a asesinar a alguien en la guerra, pero sí sé, desde luego, porque yo les oía, que les parecía de puta madre que otro más afortunado o más valiente hubiera apretado el gatillo. Y se reían, y decían "envido", y "seis doble", y el 24 de febrero de 1981 se cagaron en la democracia y maldijeron la malograda oportunidad de salir de nuevo a poner orden entre tanto socialista y tanto maricón. Creo que ya no queda ninguno vivo, pero sus hijos, como en Indonesia, siguen ensalzando aquellos tiempos de la España totalitaria. Militan en la derecha política, y salen mucho en las tertulias de la TDT, en los canales del ultracentro, diciendo que nuestra Guerra Civil fue justa y necesaria, y que los rojos fusilados bien fusilados están, y que bien anónimos deben seguir reposando en sus zanjas y cunetas. Y se ríen, y el moderador se troncha, y el público les apoya en un 80% según aparece en los gráficos, y yo me pregunto qué diferencia existe entre esta gentuza y aquella de Indonesia que en The act of killing te pone los pelos de punta. 


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