Lost in translation

Una película que empieza con el primer plano del culo de Scarlett Johansson enfundado en una braguita de color rosa, estaba condenada a ser una cuesta abajo que al final nos dejaría insatisfechos, pues sólo la contemplación beatífica de ese culo plenamente desnudo volvería a complacernos como espectadores, y como homínidos. Recuerdo que la primera vez que vi Lost in translation, en una sala de cine ya clausurada de Invernalia, alguien que seguramente la estaba viendo por segunda vez gritó cuando se cortó el plano: "Ya podemos irnos. Y morirnos, también". Bromeaba, el gachó, porque no volvió a decir palabra en toda la película, hipnotizado como  todos por ese Tokio de otro planeta, por esa actriz veinteañera que nos quitaba el hipo, por ese personaje señorial que Bill Murray legó a sus discípulos diciendo "tomad y recordadlo  para siempre". Al final no hizo falta que Scarlett desenfundara el trasero para salir maravillados de la proyección. Lost in translation, que sólo los tocapelotas de guardia vituperaron y acusaron de pijismo moderno, fue una experiencia cinematográfica, más que una película. Un hito en el camino de esta cinefilia que pasa ya de los cuarenta años, y que ha visto millares de películas que darían varias vueltas al mundo. Mira que hablamos, y rehablamos, los cinéfilos de entonces,  sobre el contenido de las misteriosas palabras que Bill Murray deslizaba en los oídos de Scarlett, en esa escena final que es uno de los mejores remates de guión de todos los tiempos. Hubiéramos dado un brazo metafórico, y parte de un real, por saber exactamente que le decía. Corrieron cientos de rumores por internet, y por las tertulias de las cafeterías, porque estábamos todos obsesionados con la película, pero al final nada quedó en claro, porque en el plano decisivo los labios de Bill permanecen ocultos, y los dos actores guardan el secreto como astronautas de la NASA jamás descendidos sobre la Luna.



            Hacía años que no veía Lost in translation, y tenía miedo de encontrarle  los defectos que entonces no vi. ¿Y si fuera realmente un ejercicio de pijerío? ¿Y si estuviese vacía de unos sentimientos que yo por entonces sólo imaginé? Pero no tenía más remedio que revisitarla, en esta semana que se convirtió, casi sin quererlo, en un miniciclo dedicado a Sofía Coppola y sus extrañas películas. Mis temores eran infundados. Lost in translation emociona como el primer día. La historia de amor imposible entre Bill y Scarlett sigue arrancando sonrisas en su desarrollo, y lágrimas en su desenlace. Todos los hombres que enfrentamos la decadencia somos un poco ese Bob Harris cincuentón que ya vive al otro lado del río, desencantado de su profesión, enfrentado a la enfermedad, demasiado mayor para resucitar el Amor que mueve montañas y arranca carcajadas. Y entonces, perdida en Tokio, abandonada por un imbécil que no se merece ni el agua que bebe, aparece una veinteañera inteligente, simpática, de cuerpo de mareo y hermosura de Botticelli, y Bob Harris, aunque sepa que ese amor llega con treinta años de retraso, y que será imposible darle carrete y captura, se sentirá joven durante unos días. Quizá por última vez, antes del descenso vertiginoso. La felicidad, de nuevo, aunque efímera, y algo amarga.


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