La gran estafa americana

Después de cuatro días de abstinencia, hoy por la noche, en la previsión de un insomnio que se presumía largo y fantasmagórico, he visto La gran estafa americana, de la que había leído críticas entusiastas, y críticas atroces también. Ha levantado grandes polémicas, la true story de esta pareja de farsantes, setenteros y bailongos, que desplumaba a los inversores ávidos de rentabilidad, y a los que el FBI coge en pecado para luego redimirles a cambio de su colaboración en asuntos de más alto vuelo. Uno, en su butaca, se ha quedado a medio camino entre la admiración y el despiste. En muchos momentos de la película, cuando uno pedía que la historia se volviera clara y entendible,  el guión, de pronto, parecía ser un asunto de escasa importancia, y estos actores que son amiguetes de David O. Russell, y estas actrices que forman parte de su trupé habitual, exponían su arte dramático en escenas resultonas pero deslavazadas, como si fueran saliendo de uno en uno para configurar un gran espectáculo de variedades, allá en Las Vegas, o en París, con Norma Duval enseñando la teta ya fláccida. Me he liado mucho con la parte criminal de la historia, y además, cada vez que salía Amy Adams, con el escotazo, y esa mirada suya de  lujuria permanente,  me perdía irremediablemente en su hermosura. Porque mira que es hermosa, esta anglosajona canónica de la nariz respingona, de  los ojos aguamarinos, del cabello indescifrable entre el rubio y el pelirrojo que aquí sólo llevan algunas turistas, y algunas teñidas falsarias. Contemplo a Amy y pierdo el oremus. Me convierto en estatua de sal, ahora que vuelven a estar de moda las bíblicas narraciones. Sale Amy y me voy de la película, y fantaseo con su compañía, y a lo mejor no es culpa mía que La gran estafa americana haya pasado ante mis ojos como una incógnita simpática y poco más. Porque uno, enamorado, ya sólo tiene ojos para su amada, y el mundo entero se oscurece a su alrededor, para que ella brille en todo sus esplendor, y me vuelva turulato y me obnubile el juicio de cinéfilo objetivo.


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