Il divo

            Cuando los españoles nos quejamos de nuestra casta de políticos, siempre ponemos el ejemplo de esos dirigentes centroeuropeos o nórdicos que gestionan lo público con buen tino, que hablan inglés con fluidez, que poseen un porte y una distinción aristocráticas, que dimiten por pequeñas corruptelas que aquí serían irrisorias y hasta jaleadas por los votantes. Dejando aparte las honrosas excepciones que decoran cualquier oficio, los políticos, en España, se merecen todo nuestro desdén, y todo nuestro desprecio. Porque suelen ser tipos ineptos, trapaceros, vengativos, irresolutos. El que puede, roba, y el que no, mira para otro lado. Sólo los ingenuos, y los menesterosos, que jamás superan el nivel de un ayuntamiento de pueblo, o de una diputación de segunda división, trabajan por el bien del ciudadano. El resto se dedica a facilitar la vida de sus cuñados y de sus amiguetes. A construir lo que más dinero deja de mordida; a  impulsar lo que más beneficio deja en lo personal; a  que ande yo caliente, y la gente, medio imbécil, engatusada por la propaganda, siga labrándose su propia ruina con el voto.



            Hay países, sin embargo, que están peor que el nuestro.  O al menos ésa es la conclusión que uno saca de los telediarios, y de las películas extranjeras que se van sucediendo en el televisor.  La gentuza parece ser la misma en todos los sitios, ladrón arriba ladrón abajo, pero en Italia, que es adonde yo quería llegar, todo parece más desorganizado y chapucero. Más histriónico y vociferante, quizá por el carácter mismo de los italianos, que siempre nos han parecido como españoles multiplicados por dos, lo mismo para lo bueno que para lo malo. El caso es que uno, en las películas italianas, adivina un país casi sudamericano de los de antes, como bananero, o de García Márquez, donde siempre hay mayorías insuficientes, líderes corruptos, histéricos televisivos, y un obispo con mitra bendiciendo la función de principio a fin. Il divo, que es una película de Paolo Sorrentino que me apetecía mucho ver tras la La gran belleza, cuenta, en clave de humor negro, con una estética medio barroca y medio impresionista, las andanzas últimas de Giulio Andreotti, el sempiterno líder de la Democracia Cristiana que entre unos cargos y otros se mantuvo en el poder durante casi cincuenta años. No es un biopic al uso, ni un documental dramatizado. Se nota que el personaje le cae a Sorrentino como una patada en el culo. El director admira su inteligencia, su laboriosidad, su instinto de supervivencia en el laberinto italiano, pero luego, cuando saca la cachiporra,  de cínico hacia abajo  se deja muy pocos calificativos en el guión. En un momento determinado de la película, Andreotti hace memoria de su vida de gobernante, e improvisa esta carta dictada a su mujer Livia, que viene a ser como un resumen de su filosofía humana y política. Casi la confesión de cualquier político occidental y moderno. Se non è vero, è ben trovato.



            “Livia, tus ojos vivaces me deslumbraron, una tarde en el cementerio de Verano. Elegí ese extraño lugar para pedirte matrimonio. ¿Recuerdas? Sí, ya sé, lo recuerdas… Tus inocentes, vivaces y encantadores ojos no sabían, no saben, ni sabrán… No tienen idea de los hechos que el poder debe cometer para asegurar el bienestar y el desarrollo del país. Por demasiado tiempo ese poder fui yo. La monstruosa e impronunciable contradicción: perpetrar el mal para garantizar el bien. La monstruosa contradicción que me convirtió en un hombre cínico que ni tú misma podrías descifrar.
            Tus vivaces e inocentes ojos no conocen la responsabilidad. La responsabilidad directa y la indirecta por toda la carnicería en Italia desde 1969 a 1984. 236 muertos y 817 heridos. A todas las familias de las víctimas les digo que confieso. Confieso que fue mi culpa, mi culpa, mi más dolorosa culpa. Lo diré aunque no sirva de nada. El caos para desestabilizar el país, para provocar terror, para aislar a los partidos extremistas y fortalecer a los de centro como el Demócrata Cristiano. Se la llamó la estrategia de tensión. Sería más correcto decir estrategia de supervivencia. […] Esto es el fin del mundo. No podemos permitir que se destruya el mundo, en el nombre de lo que creemos correcto. Teníamos un deber, un deber divino. Debemos amar a Dios grandemente para entender cuán necesario es el mal para lograr el bien. Dios lo sabe, yo también lo sé…”


            14 de abril… ¡Viva la República! Aunque fuera la italiana…


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com