Philomena

A poco de comenzar Philomena, el periodista Martin Sixsmith sostiene este diálogo con la hija de la susodicha en una fiesta de postín.
Kathleen: No pude evitar escuchar que es usted periodista. Conozco a una mujer que fue madre adolescente. Mantuvo el secreto durante cincuenta años. Me acabo de enterar hoy. Unas monjas le quitaron a su hijo. La obligaron a darlo en adopción. Lo mantuvo en secreto todo este tiempo…
Martin Sixsmith: Estoy escribiendo un libro… sobre la historia de Rusia. Eso es lo mío. Lo tuyo es “interés humano”. Yo no hago eso.
Kathleen:¿Por qué no?
Martin Sixsmith: Porque “interés humano” son historias sobre personas vulnerables, débiles e ignorantes que personas vulnerables, débiles e ignorantes leen.

            Uno se ríe, con la gracia, pues piensa exactamente lo mismo que el periodista. La expresión “interés humano”, que en apariencia no tiene mucho que objetar, siempre esconde argumentos simplones, sentimentaloides, de trazo muy grueso. Buenos de mazapán, malos de pacotilla, lágrimas extraídas a muy bajo precio del subsuelo lacrimal. Uno ya viene advertido de que Philomena es una película de “interés humano”, y se toma la gracia de Steve Coogan como una autoparodia del drama que vendrá a continuación. Las fechorías de estas monjas irlandesas son las mismas que aquí perpetró la difunta sor María, con el beneplácito de la autoridad competente, y uno sabe que este tema no puede abordarse desde la comedia, o desde el cinismo. Hay que arremangarse y meter la mano entre los sentimientos, como un cirujano de guerra en pleno bochinche. No queda otra. Pero Steve Coogan, en esa línea de diálogo, es como si nos guiñara un ojo y nos dijera: sabemos el terreno que pisamos, no os preocupéis. Esto no va a ser un culebrón para señoras maduritas. El tío Frears y yo no lo vamos a permitir. Habrá lágrimas, sí, pero muy escogidas, y muy traídas a cuento. Y habrá, también –eso ya se lo imagina uno solito- una buena reprimenda a la Iglesia Católica, y a su pérfida infantería de la voz calmada y la lengua bífida. 



            Pero no son tales, las promesas que uno imaginaba. Philomena es, realmente, una película de “interés humano”. Una buddy movie de mamá religiosa y periodista agnóstico que buscan al hijo perdido, o más bien traspapelado, por las monjas. Uno esperaba, al menos, un equilibrio ideológico en los diálogos. Que la anciana dijera sus tonterías y luego el hombre ilustrado la corrigiera. Pero uno se ha encontrado el montaje inverso, uno torticero, malintencionado, como de telediario de La 1 que primero pone a la oposición y luego remata la noticia con una frase contundente, y ya incontestable, de nuestro líder barbudo. Philomena es, como ya nos advertían al principio, una mujer vulnerable e ignorante, que está dispuesta a perdonarlo todo, incluso el secuestro de su hijo. Las monjas que le hicieron la vida imposible en la juventud le parecen, en el fondo, buena gente, aunque un poco particular. Martin Sixsmith, el periodista, no puede creerse tanta bonhomía estúpida de su amiga, y trata de zarandear su conciencia par que proteste, o suelte al menos algún mecachis. El espectador, obviamente, está con él, pero Coogan, el guionista, y Frears, el director, están obviamente con Philomena, a la que siempre reservan la última frase, la última sentencia, poniendo al bueno de Martin de vuelta y media, como si su pensamiento crítico estuviera pasado de moda. Es como una revancha moral sobre la Ilustración que no se entiende muy bien. Como una venganza histórica que no viene a cuento. Como si valiera lo mismo una duda razonada que la creencia ciega en lo que no se ve.  No se lo esperaba uno de este par de británicos, tan progres en apariencia. Aquí, en España, nuestros rancios católicos lo están flipando con la película. “¡Que te den por el culo, jodido agnóstico! ¡Vete al infierno con Voltaire!”, gritan exaltados en las proyecciones. Y es que hay que perdonar al prójimo como lo hace Philomena, que lo dijo Jesús. Y mucho más si las pecadoras son  pobres monjitas que sólo buscaban lo mejor para los niños, y castigar, de paso, a esas furcias que vivían acogidas en sus conventos. 


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