El silencio de los corderos

A. y yo, después de varios dimes y diretes, hemos acordado ver El silencio de los corderos. He tenido que sacar lo mejor de mi repertorio dialéctico para endilgarle un thriller que para él quzá ya es viejuno y poco excitante. Sólo cuando le dije que un psicópata llamado Hannibal Lecter se comía la pantalla a bocados y sus víctimas a dentelladas, ha accedido a seguir  mis consejos. Mi hijo pasa de los premios, de los críticos, de los arrebatos muy pelmazos de su padre. Él quiere chicha, mondongo, escenas que pongan a prueba su hombría incipiente. Quiere medirse a sí mismo para luego contárselo a sus amistades, que presumen de ver cosas muy truculentas y sanguinarias en la intimidad no vigilada de sus ordenadores. Hannibal Lecter, que tiene nombre de antropófago y apellido de premio Nobel, le ha sonado a criminal prometedor, a trastornado de fechorías muy truculentas que  tal vez le causen pesadillas confusas por la noche. 



            Yo tenía diecinueve años cuando vi por primera vez El silencio de los corderos, y recuerdo que me cagué por la pata abajo, o casi, en varias escenas. Me pareció oscura, siniestra, de un grano sucio y una maldad pocas veces vista. A., en cambio, que ha crecido en un entorno visual mucho más rico y permisivo, iba pasando por las sanguinolencias con una sonrisilla irónica y una mirada de reojo hacia su padre. Debe de pensar que éramos medio idiotas, los chicarrones de antes, y que nos asustábamos por cualquier cosa. Y no anda muy desencaminado, la verdad. Hannibal Lecter, eso sí, le ha fascinado. Al terminar la película hemos puesto otra vez sus escenas estelares, allá en el manicomio y en la jaula improvisada. Las hemos visto en inglés, subtituladas, para conocer la voz original de Anthony Hopkins, y A. no ha rechistado. ¡Ha tenido que leer unos subtítulos!, y lo ha hecho de buena gana. Síntoma de que el personaje ya forma parte de su santoral. Antes de ir a dormir, mientras se lavaba los dientes ante el espejo del baño, A. ha musitado tres veces, con la voz poco cavernosa de su primera testosterona, aquello de "me comí su hígado acompañado de habas y un buen Chianti". Espero no haber despertado en él una vocación oculta. Hoy, por si acaso, dormiré con la puerta de mi habitación trancada...


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