La comunidad

Después de ver Las brujas de Zugarramurdi, y de escuchar a Álex de la Iglesia confesando su misoginia en las entrevistas, me he reconciliado con el director que hace unos años odié y repudié. Balada triste de trompeta o Los crímenes de Oxford fueron dos películas merecedoras del fuego purificador. Un auto sacramental con hoguera en mitad de la Plaza Mayor, habría celebrado yo si me hubiesen dejado, con los DVDs ardiendo a un lado y el director, desnudo salvo un calzoncillo, crucificado al otro, chamuscándose los pies. Antes de quemar Los crímenes de Oxford, eso sí, habría que salvar ese rato en el que Leonor Watling, mi Leonor, mostraba al mundo su lozanía pectoral, y su sonrisa de picaruela. Sólo por ese fotograma de los espaguetis deslizándose por el escotamen le hubiera perdonado la vida al gordinflón.



            Como acto de reconciliación, rebusco y encuentro en mi filmoteca La comunidad, que es, de lejos, la mejor película del bilbaíno. Una lástima que al final todo se pierda en persecuciones y despeñamientos, porque La comunidad, en sus primeros minutos, llevaba camino de ser un clásico como los que filmaron Berlanga y Azcona sobre el alma profunda de los españoles. Porque es muy nuestra, La comunidad, con esa escalera de colores oscuros y ocres que podría haber pintado un Goya siniestro del siglo XXI. Vecindarios los hay en todo el mundo, por supuesto, pero éste de la película sólo existe en España, y quizá sólo en Madrid, donde los edificios de renta antigua y rancio abolengo sobreviven en el centro mismo de la modernidad. Hay una mala leche muy condensada, y muy podrida, en los diálogos. Ni uno sólo de los personajes es una persona decente. Todos van a lo suyo, a quedarse con la pasta, a traicionar al vecino, a pirarse con Curro al Caribe. Y uno, que además de misógino siempre ha sido misántropo, se reconforta en el sofá cuando ve estas películas de costumbrismo veraz, donde triunfan el egoísmo y la chapuza. No existe el concepto de comunidad, en España, porque este es el país del "que se joda" el prójimo.  Sólo aquí triunfó verdaderamente el anarquismo. El de izquierdas y el derechas. Las utopías que hablaban de esfuerzos comunes y de labores solidarias por aquí pasaron como anécdotas de la historia. Somos un país de individuos, de particulares, de insociables, obligados a vivir en ciudades. En vecindarios. Que una película española se titule La comunidad ya es, de por sí, una ironía. Aquí no hay civismo, ni educación, ni bien público. Los vecinos lo son por cercanía, no por espíritu. Cuando se cierra la puerta del piso, el vecino saludado en la escalera sólo es un ente, un recuerdo. un estorbo. Un gilipollas  que se queja de la fiesta, de la música, del taconeo de la señora. Yo pago mis impuestos, y mi hipoteca, o mi alquiler, y eso me da derecho a todo. Que se joda.


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