Tres monos

 Ver películas como Tres monos, del director turco Bilge Ceylan, no ayuda, desde luego,  a consolidar una clientela numerosa de lectores. Sólo los tipos muy raros, o muy turcos, o los despistados que buscaban referencias sobre Jane Goodall, podrían detenerse en los buscadores al leer un título como éste. Los cinéfilos interesados por Bilge Ceylan ya cuentan con otros blogs mejor escritos, mejor diseñados, donde el encargado redacta con mucha enjundia sobre el cine del mar Negro y le saca zumo a cada plano y a cada giro de la cámara. En esas páginas hablan de cine muy seriamente, porque allí se congregan los cineastas de verdad, y los estudiosos del séptimo arte,  y yo aquí, aunque a veces  lo parezca, no hablo de cine, sino de la vida misma, y de mí mismo mientras veo las películas. Y a quién le iban a interesar estas introspecciones en mi ombligo, de donde sólo saco pelusillas, y alguna migaja que se coló del bocadillo.


  
            Si estas páginas fueran realmente lo que prometen, un club virtual para que se reúnan en él  los cinéfilos de pro, muertos o vivos, uno tendría que hablar de Tres monos como lo haría un crítico renombrado en un festival de cine europeo, alabando la fotografía, desmenuzando los ritmos, estableciendo relaciones con el contexto socio-económico de la Turquía actual. Y a uno, sinceramente, estas cosas no le salen. De Tres monos me interesa la desventura de sus personajes, y por eso se la recomiendo aquí las amistades,  porque esta familia de proletarios jodida por un político sin escrúpulos es un tema de rabiosa actualidad, aquí y en Turquía, una historia muy socialista en el fondo. Y aunque pego varias cabezadas en el sofá, y veo la película dividida en tres actos, porque Bilge Ceylan se pone muy plasta con los planos sostenidos y las composiciones pictóricas, llego hasta el final intrigado por el destino que les aguarda a estos turcos atrapados en la vida. Turcos que son como usted, o como yo, currantes que viven al borde del abismo y que un mal día tropiezan con algo o con alguien y empiezan a hacer gestos desesperados para no caerse. Cuecen habas en ambos extremos del Mediterráneo. En Turquía los hombres llevan mostacho, y las mujeres rubias parecen prohibidas por la autoridad. Hay mezquitas en lugar de iglesias, y los equipos de fútbol son más ruidosos y de peor calidad. El resto es todo lo mismo. "En las antípodas todo es idéntico/idéntico a lo autóctono", cantaba Javier Krahe.


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