Doce años de esclavitud

Había leído críticas muy dispares sobre Doce años de esclavitud. Mientras unos aseguran que es con toda justicia la película del año, otros, sin subestimarla, afirman que el experimento no es para tanto, y que se le puede achacar una crudeza innecesaria, un metraje excesivo, un déjà vu molesto de estar viendo otra película de nazis y judíos, pero con blancos y negros en la Norteamérica del siglo XIX. Los que dicen esto último no andan muy desencaminados. Podríamos jugar a intercambiar papeles con La lista de Schindler y nos saldría una película muy parecida. El personaje de Michael Fassbender sería Amon Goeth dirigiendo su campo de concentración; Brad Pitt, el trabajador canadiense, sería el Oskar Schindler que salva en este caso a un único esclavo; las cuadrillas de negreros, las SS; la Lupita Nyong'o de la que se encapricha Fassbender, la prisionera judía de la que se enamoraba Amon con sentimientos de culpa; Solomon Northup, rizando el rizo de este paralelismo un tanto bobo, sería el Itzhak Stern que siendo prisionero lo mismo te servía para dirigir una cuadrilla de obreros que para llevar las cuentas de la hacienda. Dos genocidios que distan menos de un siglo tenían que parecerse a la fuerza. 



            Por lo demás, la película merece muy pocos peros. Ellen DeGeneres no acertó con aquello de que había que premiarla para alejar los fantasmas del racismo, aunque le saliera un chiste cojonudo. Doce años de esclavitud se sostiene, y aguanta el tipo como una campeona.  Lo sé porque no hay mejor test para una película que mis jueves por la noche, cuando el cansancio de la semana todavía no ha encontrado el ungüento del viernes sanador. Los doce años me han llevado en volandas hasta las doce de la noche, como si mi tiempo personal se hubiera detenido, y ya sólo importara el destino trágico del pobre Solomon Nothrup atrapado en la maquinaria de la economía sureña. Los jueves, a las diez de la noche, con el sueño atrasado y el mal humor acumulado,  uno está para aguantar muy pocas tonterías en el televisor. Una película que arranque mal, que se atranque al poco, que se lance a divagar sobre el ser y la nada, está condenada al apagón, y al inmediato borrado. Muchos jueves termino viendo los episodios de las viejas comedias, de Frasier, o de Seinfeld, para que el ancla se deslice a través de la sonrisa y me fije pesadamente al sofá. Cualquier cosa antes de ir pronto a la cama, en la que duermo, pero ya jamás descanso, como le sucede al agente Cohle de True Detective. Porque los sueños también me atrapan, me zarandean, me obligan a vivir una vida paralela, con las mismas preocupaciones y las mismas miserias, aunque enredadas, y cambiadas de sitio, como las fantasías de un loco.


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