Gravitus interruptus

Estoy disfrutando como un enano de Gravity cuando A., la sangre de mi sangre, entra en la habitación para despedirse del día. Se queda mirando la pantalla justo en la escena en que Sandra Bullock intenta escapar con la nave Soyuz de la ISS que se desintegra. Los trajes espaciales y los efectos especiales llaman rápidamente su atención. “¿Qué peli es? ¿Para cuántos Oscars está nominada? Mola. La quiero ver mañana. ¿No tendrá subtítulos, verdad? Ciao”. Y allí me deja, desmadejado en el sofá, con el rollo cortado y las ganas pospuestas. ¿Para qué seguir insistiendo en Gravity si mañana tendré que verla otra vez, desde el inicio, para colocar un ladrillo más en esta relación paterno filial que vive la crisis de los cuarenta por un lado y la crisis del pavo por el otro? Me cago en las muelas del chaval, justo en el centro dramático de la película... Pero finalmente le doy al stop, y me vengo al ordenador a contar esta pequeñez que a nadie interesa, y a investigar un poco en Wikipedia sobre estos artefactos espaciales de los que ando muy poco informado. Aquí me entero, por ejemplo, de que ya no existe la estación espacial MIR, gloria astronáutica de los exsoviéticos. Veo que estoy muy pez en estos asuntos, y hago un acopio de información básica antes de que venga el sueño y arrase con todo, como esa basura espacial que en Gravity viaja a 30.000 kilómetros por hora, y que corta las transmisiones, y rebana las vidas, y todo lo funde a negro... 



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