En la casa

Por la tarde, en el sofá, postrado por un virus que me incapacita para continuar la vida civil, veo En la casa, aclamada obra del director francés François Ozon. En la casa es como una película de Woody Allen, pero sin chistes ni apartamentos de Manhattan. Monsieur Germain es un profesor de instituto que se parece mucho al director neoyorquino, en lo físico, y en los tics del personaje. Vive casado con una galerista de arte, burguesa y algo tonta, que también es un personaje habitual en las películas de mi hermano. El profesor Germain, que imparte literatura en un instituto de chavales sin futuro, vive desesperado de la incultura de sus alumnos, hasta que descubre, en una redacción sobre las vivencias del fin de semana, a un alumno de vena literaria, ocurrente y fluido, inquietante en la escritura, seductor en la cercanía del trato. Como en las películas de Woody Allen, el profesor se encapricha de su alumno y se postula como tutor particular, como mentor literario, como  guía espiritual. Una película de maestro griego y alumno efébico, pero sin túnicas ni homosexo. Para profundizar en la educación de su alumno, y enseñarle los modelos de la gran escritura, Germain le proporcionará varios libros de su propia biblioteca, entre ellos Crimen y castigo, de Dostoievski, que el alumno recibirá con cara de disgusto. Una cosa es escribir para pasar el rato y dejar patidifusas a las chavalas, y otra, muy distinta, tener que tragarse ese tocho de personajes decimonónicos acabados en "ov", o en "osky".



            Luego, por la noche, mientras los virus se baten en retirada, veo el tercer episodio de Freaks and Geeks, serie de culto sobre unos chavales de instituto americano a principios de los años 80. Viene muy recomendada, en los foros de internet, y aunque uno ya es cuarentón barrigudo, y su instituto de León en nada se parece a éste de California, me reconozco en algún personaje, y reconozco a varios tipejos con los que compartí aulas y partidos de baloncesto. Me va gustando, Freaks and Geeks, porque de vez en cuando, en esa ñoñería inevitable con que los americanos aderezan su memoria, aparecen verdades muy crudas sobre lo jodido que es crecer en la adolescencia. Y también porque sale una actriz preciosa, Linda Cardellini, que  quiere hacerse pasar por chica de instituto cuando su ficha en IMDB, y sus leves arrugas en los ojos, la delatan como una mujer hecha y derecha de veinticuatro años. 



            En el episodio de hoy, Sam, el adolescente protagonista, es obligado por su profesora de literatura a leer, también, Crimen y castigo, porque  se ha enterado de las mierdas que suelen leer sus alumnos: la novelización de Star Wars, la biografía de Samy Davis Jr., el recopilatorio de chistes de Bob Hope... A veces la realidad te sorprende con casualidades inquietantes, como cuando piensas en alguien que no has visto durante años y de pronto te lo topas por la calle. Uno se pone en guardia ante tales contingencias, y se teme lo peor del destino, o lo mejor, porque nunca se sabe con estos asuntos. Lo mismo sucede algunos días con la ficción que uno consume: ves una película de instituto francés y piensas: "¿por qué todos los profesores, los novelistas, los culturetas, recomiendan esos libros insufribles, inabordables, de rusos culpabilizados del siglo XIX ?" Y horas más tarde, en otra ficción completamente distinta, te encuentras a otro chaval de catorce años que también ha de leer la misma monserga. Un chaval muy parecido a  ti en las virtudes y en los defectos, y que odia a su profesora de literatura como tú odiabas a tu profesor de lengua española, que hablaba con la voz engolada y declamaba versos de Góngora que nadie comprendía, y que la risa nos daban, porque andábamos calientes, y nos reíamos de la gente.


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