Frasier y Seinfeld

El primer episodio de la séptima temporada de Frasier es una obra maestra de las sitcom. Un guión redondo que va sembrando chistes y contrachistes en veinte minutos prodigiosos.  No es la primera vez que Frasier alcanza esta perfección en la sala de máquinas. A veces sus personajes ñoñean, o se enamoringan, o les da por impartir valores de 2º de Primaria. Pero otras veces, como aquí, se ponen el traje de comediantes y bordan las situaciones y las réplicas.
          




            Seinfeld, en cambio, que voy revisitando al mismo tiempo en esta nostalgia tonta del invierno, tan puntual como la gripe o como la bufanda, es una sitcom defectuosa, descacharrada, de guiones que hacen aguas por doquier. De actores que hacen de sí mismos o se descojonan de sus propias ocurrencias. Es cutre y desaliñada. No hay esquema, ni progresión. Es un desparrame, que dirían en Wayne's world. Y sin embargo, yo prefiero Seinfeld a Frasier. Mi vida se parece mucho más a esta que parlotean y desperdician en el apartamento de Nueva York. Puestos a escoger una neurosis con la que identificarme, ésta me viene como anillo al dedo. En Seinfeld yo me reconozco, y reconozco a mis semejantes. Somos así de imperfectos, y de contradictorios. Nos perdemos en los detalles tontos de cada día, como burros con anteojeras, como monos agitados en el zoo. La vida nos pasa por encima mientras diseccionamos las naderías y las gilipolleces. El fútbol y los meteoros copan el tiempo de nuestra convivencia, y todos sonreímos y desconfiamos. Huimos de las grandes palabras como del mal conjuro de un nigromante. Nadie habla de amistad con los amigos, ni de amor con los amores. Hablar de sentimientos es confesar una locura, una debilidad, una mariconería. Las relaciones personales se diluyen en una cháchara improductiva. Los personajes de Frasier hablan y hablan para alcanzar el amor o la amistad. La conversación es el instrumento civilizado con el que ellos tallan su convivencia. En Seinfeld, en cambio, la convivencia es una excusa para seguir hablando. Lo que importa es tener a alguien que te aguante el ritmo incesante de la lengua. Si callas, piensas, y si piensas, te mueres. La realidad es decepcionante y triste. La gente, estúpida y veleidosa. Nada vale nada, si lo miras con detenimiento. Jerry Seinfeld y sus amigos, aunque parezcan idiotas, han comprendido que la conversación intrascendente es un fin en sí mismo. Han encontrado el remedio casero para el nihilismo. El parloteo es un puente tendido sobre el abismo de la nada. Callarse es deshacer la ilusión, y caer al precipicio.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com