Star Trek y la reina Borg

Escribe Ramón Colom en la revista Fotogramas de este mes:
"No sé si he sido inoculado con el virus de las series televisivas. Pero es que sólo hago que buscarlas, verlas, comentarlas... como he hecho toda la vida con las películas que he visto en el cine".

            Es cierto. Vivimos tiempos convulsos, y muy apresurados, los hambrientos de ficción. La cinefilia y la seriefilia se disputan nuestro tiempo a bofetadas, y tenemos que ejercer de árbitros ecuánimes y bien preparados. Hace unos años sólo éramos cinéfilos, y el tiempo para las películas era ubérrimo y exclusivo. Llevábamos una vida sencilla y monógama. Sólo amábamos a una mujer, que se disfrazaba de un DVD distinto cada noche. Las series eran la excepción, el pasatiempo, la afición secundaria que uno compartía con la familia cuando se aburría, cuando caía derrotado en los sofás de tanto ver cine en los sillones. Ahora vivimos enamorados de una mujer y de una amante, y tenemos que dividir por dos el tiempo insuficiente. Para satisfacerlas, nos hemos vuelto muy exigentes y estrictos con lo que vemos. Juzgamos con premura, desechamos rápidamente, permanecemos muy atentos a los consejos de la gente respetable. Perdemos tanto tiempo en buscar como en disfrutar, porque una buena elección es primordial para el romance. Las horas que uno pierde en comprender que una serie no merece la pena, son horas robadas a otra serie que esperaba su turno con impaciencia. Las mismas horas que antes, en los viejos tiempos, daban para ver  dos o tres películas completas. Cómo echo de menos, aquel paraíso de la vida, sin series de calidad...




            Aunque los efectos especiales pertenezcan al siglo XXIV, y las aventuras transcurran al ritmo trepidante de la juventud deportista, las películas de Picard y compañía tampoco añaden gran cosa a la saga Star Trek. Uno, mosqueado, va leyendo las sinopsis en internet y descubre que cada nueva película es el refrito de un antiguo episodio para la tele, dilatado en minutos y recoloreado en los ordenadores. Siempre hay un klingon traicionero, un villano loco, un planeta enigmático, una explosión en el puente de mando que a todo el mundo se lleva por los aires pero a nadie mata. Se suceden las mismas conversaciones sobre los sentimientos de los androides, sobre la naturaleza imperfecta de lo humano, sobre la incapacidad de los vulcanianos para excitarse con un gang-bang de Sasha Grey con orejas picudas. Lo mismo en Star Trek: Primer contacto que en Star Trek: Insurrección, uno se entretiene pero se aburre, no sé si me explico. Es el alma infantil, que sigue flipando con las naves espaciales y con las pistolas desintegradoras, la que echa su ancla de hierro y me deja varado en el sofá, con cara de estúpido, insistiendo en películas que no me interesan gran cosa. Ni siquiera las churris del capitán Picard le ponen a uno en estado de alerta. Cómo serán de frías, de poco excitantes, siempre embutidas en esos uniformes de monjas de las galaxias, que me excita mucho más la reina de los Borg, aunque sus piernas sean ortopédicas, y su pechos consumidos, y su cráneo cableado. Aunque sea una hijaputa de mucho cuidado. Es su voz la que me deja prendado; vibra con promesas de sabiduría, de aventuras, de sexo cibernético y muy guarro a la luz de las estrellas. Sólo por ella he persistido en Star Trek, mientras mi niño interior alborotaba en el sofá con las pistolitas de los cojones. 


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