Izgnanie

Hoy, después de mucho tiempo, he vuelto a enamorarme. El primer dardo que alumbra esta cueva oscura donde invernan mis instintos. Ella se llama Maria Bonnevie. Su personaje, Vera, es la desdichada mujer de un mafioso que va ajustando cuentas en Izgnanie, la película de Andrei Zvyagintsev que a ratos me atrae y a ratos me aburre, tan dilatada e interminable como esa estepa rusa donde los personajes distancian sus silencios. La película pasaría directamente al olvido si no fuera porque María, rubia como el trigo, blanca como las sábanas, delicada como las flores, llora su desdicha en planos que la retratan con un amor volcánico pero contenido. Se nota que Zvyagintsev es un tunante que también se enamoró de ella en el rodaje. Nos ha jodido. Aunque haga de rusa, María Bonnevie es una actriz sueca. Posee una belleza tan redondamente nórdica, tan remotamente vikinga, tan inalcanzablemente báltica, que sus rasgos parecen sacados de un cuento, o de una leyenda. Una dama de los bosques, o de los lagos, o de los elfos de la taiga. María es la sueca eterna, la rubia mítica. Tan irreal que parece envuelta en la niebla, en la bruma, en el sopor nocturno de una película que tal vez no existió...


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