El festín de Babette

El condensador de fluzo que llevo adosado a la bicicleta estática, y que sólo funciona cuando paso de doscientas cincuenta calorías, me ha llevado esta vez a la Dinamarca pre-socialista del siglo XIX. Me ha dejado, tiritando de frío, porque yo pedaleaba feliz en camiseta y en calcetines, en un villorrio perdido de la costa, donde vive una pequeña comunidad de pescadores, todos barbudos y de manos callosas. Justo cuando aterrizo allí con mi bicicleta del futuro (que escondo rápidamente entre unos matorrales), el pastor luterano, que no les dejaba ni mear tranquilos en sus patios traseros, es llamado al cielo por su dios con forma de triángulo. Tras conocer su muerte, los pobres pescadores se miran desconcertados. Algunos, incluso, esbozan una sonrisa de liberación. Ahora podrán meter mano a las viejas en los bailes de la plaza sin que nadie les de un cachete en la mano, y luego les afee la conducta en el sermón dominical. Sin embargo, cuando ya les prometían muy  felices, aparecen las dos hijas del pastor y se autoproclaman herederas del puesto, y censoras vitalicias de la moral y las costumbres.  Si antes era el ojo único de Sauron el que vigilaba los movimientos de la comarca, ahora, como si se tratara de una dinastía de inquisidores, serán las hijas del pastor, Filippa y Martine, que viven arrejuntadas en la misma cabaña de piedra y paja, las que ocupen el liderazgo moral de  la comunidad, y recriminen a los feligreses las miradas de lujuria, y las sisas veniales que hacen en la compra. Donde antes acechaba la vista cansada del pastor, ahora serán cuatro ojos, y muy sanos, y muy perspicaces, los que aborten el mal y consientan el bien. Cuatro ojos que son, además, de mujer, que es como decir de águilas, o de médiums.


            
 
            Tardo poco tiempo en enterarme de que Filippa y Martine, en sus años mozos, eran dos mujeres de muy bien ver, danesas bellísimas de la piel blanca y el cabello rubio, altivas y distantes. Después de santiguarse y de bajar la voz, los vecinos me cuentan que ninguna conoció varón, aunque fueron muchos, ilustres extranjeros incluso, los que llamaron a la puerta del pastor para pedirlas en matrimonio, imaginándolas desnudas mientras se deshacían en peticiones corteses, y en promesas de amor eterno. Vírgenes y puras, jamás abandonaron el hogar que las vio nacer, viviendo sus circadianas existencias hasta que conocieron a Babette, la refugiada francesa a la que convirtieron primero en criada y luego en cocinera. Y más tarde en amiga. No en amante, al parecer, pues las vigilantes, a la vez que vigilan, son estrechamente censuradas por el triángulo de las alturas, y él no consiente que tales marranadas acontezcan en una casa que ha de ser espejo de virtudes, y faro de comportamiento. Si alguno pensaba que El festín de Babette iba a ser la película porno de una tal Babette, prostituta francesa de altos vuelos, que se comía dos pollas al mismo tiempo mientras otras dos la taladraban por el binomio del crepúsculo, va muy equivocado.  El festín del título es el banquete que Babette regalará a sus anfitrionas en agradecimiento por su larga hospitalidad. Una cena opípara, de restaurante francés carísimo, a la que llego desfondado e inapetente sobre la bicicleta estática. Me habían vendido la película como una obra maestra del cine danés, pero yo no paro de sudar quejidos, y de contener  bostezos. Es como una de Dreyer, pero en colorines. Muy bonica, y muy prescindible. La comedia no sexual de una noche de invierno.


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