Don Quijotín y Sancho Panzón en la Tierra Media

Tres noches seguidas, nueve horas de metraje, cien cambios de postura en el sofá desvencijado y estrecho: eso es lo que hemos tardado Pitufo y yo en completar este viaje azaroso que nos ha traído de La Comarca al Monte del Destino. Pitufo cabalgaba en su corcel alegre de la juventud, con el arco de Legolas siempre a mano para abrirnos paso entre los orcos. Yo le seguía a duras penas sobre este pollino barrigón que se desfonda al primer trote y se asusta ante el primer Nazgûl, pero que se conoce todos los atajos de la Tierra Media, y al final siempre llega puntual a las batallas, y a los tomates. Somos don Quijotín y Sancho Panzón, cruzando las tierras que imaginara Tolkien sin tener ni puta idea de élfico, sólo castellano moderno con este acento de León. Dos rústicos salidos de este pueblo berciano de cuyo nombre no quiero acordarme, enamorado cada uno de su propia Dulcinea del Toboso. Pitufo combatía por el amor de Eowyn, hija de Theoden, guerrera del moflete infantil y la cara de muñeca, la mujer del  cabello encendido que a veces es rubio como el trigo de Rohan y a veces rojo como la sangre que gotea de su espada afilada. Uno, por su parte, siempre ha vivido enamorado de Liv Tyler, pues la conoció joven y desnudita en su primer viaje a la Toscana, en el verano más tórrido que uno recuerda en los climas y en los instintos, y le debe, por tanto, devoción eterna a esta dama Arwen de los bosques y las aguas, esta elfa hermosa, y también algo boba, que renunciará al privilegio de su inmortalidad sólo por acariciar el miembro de Aragorn, hijo de Arathorn. Ella sabrá.



            Es la segunda vez que Pitufo, hijo de Álvaro, y Álvaro, hijo de Manuel, montaraces cinéfilos de las Tierras del Norte, se meten entre pecho y espalda, entre trecho y espada, esta trilogía desmesurada de El Señor de los Anillos. Pitufo tenía cuatro años cuando Frodo se deshizo del anillo en la gran pantalla, y ha recuperado las películas en DVD con un entusiasmo que a mí me desborda y me fatiga. Año y medio hará que dejé escritas mis impresiones sobre la trilogía en este blog, no del todo favorables y algo irónicas, pues ya eran dos, entonces, las veces que uno había visitado en solitario la Tierra Media, y los defectos argumentales me saltaban como garrapatas a los ojos, y las frases huecas como pirañas a los oídos. Pero cesen, aquí, por Isildur y sus descendientes, mis palabras infecundas. Siento que estas  páginas no se parecen en nada al libro inacabado de Bilbo Bolsón, donde el contaba sus aventuras de andarín infatigable y jamás se repetía, pues muchas y distintas fueron en su larga vida. Uno, sin embargo, en este humilde diario que va rellenando con píxeles y no con tinta, siempre acaba contando la misma historia del viejo sofá, de la lluvia en el cristal, de la vida real que transcurre en las calles mientras uno desperdicia la suya entre series y películas, viviendo amores vicarios y temores ajenos. No quisiera, pues, volver aquí sobre El Señor de los Anillos. No quisiera, tampoco, insistir en esta poesía grimosa del padre y el hijo que se reúnen para ver una película. Los americanos han convertido este hecho banal en  una epopeya heroica de la paternidad, en una escena capital de sus películas con música de violines y fotografía de pastel. Y es que uno, a veces, se deja llevar por estos arquetipos culturales que ha mamado desde pequeño, en la penumbra de los cines, sin creérselos en realidad.


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