Masters of sex. Al grano, coño, al grano

Masters of sex se nos está yendo por los cerros de Úbeda de las historias íntimas. Cuando los personajes se quitan la bata blanca y se ponen el pijama y las zapatillas de andar por casa, la serie no es mejor que cualquier culebrón de las sobremesas, con muchos te quiero mi amol y muchos embarazos inesperados y muchos lloriqueos a la hora de comer. No me interesa lo que sucede en las cocinas o en los dormitorios. Los espectadores ya habitamos estos asuntos conyugales, estas relaciones con los hijos, estas cuentas pendientes con papá o con mamá. Cuando nos sentamos en el sofá queremos imaginar vidas distintas que nunca pasan por casa, que siempre están en el trabajo o de parranda. Como las que llevan, por ejemplo, los muchachos y muchachas del El ala oeste de la Casa Blanca, que viven en los despachos o en los pasillos sin que apenas sepamos nada de sus cuitas particulares, las cuatro pinceladas justitas que los convierten en personajes creíbles de carne y hueso.




            A uno, de Masters of sex, le importa un pimiento que la doctora Johnson se lleve mal con su exmarido, o que el doctor Masters le esconda sentimientos reprimidos a su madre. Que se vayan al carajo, los guionistas, y las guionistas, con estos rellenos melodramáticos de la trama, que deberían ser boceto y se han erigido en columna y fundamento. La serie nos atraía porque en ella se narra el amanecer sexual de la humanidad, tan importante como el amanecer de la inteligencia que imaginara Kubrick en 2001. Si allí sonaba el Así habló Zaratustra cuando el mono blandía el hueso, aquí, en Masters of sex, quedaría bien un Himno de la alegría que subrayara cada orgasmo de los sujetos experimentales. Qué menos. El día que William Masters y Virginia Johnson decidieron adentrarse en el misterio cavernoso de la respuesta sexual, cambiaron el devenir de la vida íntima que deforma los colchones.  Nada fue igual desde entonces. Liberados de miedos y prejuicios, los órganos sexuales se acoplaron con otra diligencia, con otro entusiasmo, porque ya se conocían de antes, de los libros, de los gráficos, de las educaciones sexuales en los colegios. Pocas personas han traído más felicidad y sabiduría a la humanidad que Masters y Johnson. Ellos fueron los Prometeos modernos que nos entregaron el fuego sexual de los dioses. Con él encendieron la primera llama de la revolución en las camas, tan importante para la Historia como aquella revuelta de los franceses, o la invención de las máquinas de vapor. ¿Para qué, pues, perder el tiempo en estas bobadas domésticas, en estas tonterías que nos suceden a todos los demás, y que ya damos por consabidas, y por muy innecesarias? Al grano, coño, al grano.


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