Masters of sex

Recuerdo que de chaval, en casa de un amigo, rebuscando entre las revistas pornográficas que su padre escondía encima del armario, apareció un libro que se titulaba La sexualidad humana. Había desnudos parciales, bocetos corporales, párrafos de texto científico que describían los hechos biológicos de la copulación y la masturbación, los orgasmos y las relajaciones. Lo que en las revistas porno era obviedad e inmediatez, aquí era explicación y circunloquio. La sexualidad humana tenía la consistencia y el didactismo de un libro de texto, uno que tal vez estudiaban realmente allá en Escandinavia, o en Francia, donde la juventud se entregaba alegremente a la precocidad y al libertinaje, pueblos sin Dios ni vergüenza que nosotros envidiábamos con chorros continuos de baba. Aquí, en la España recién salida del catolicismo oficial, La sexualidad humana figuraba en el Índice de Libros Prohibidos, y se vendía únicamente en catálogos ultrasecretos, y en oscuras trastiendas de kioscos clandestinos. El padre de nuestro amigo era un tunante que se trabajaba el mercado negro de la rijosidad. Un gran tipo, y un gran héroe, a nuestros ojos.



         De haber caído en manos de otra pandilla menos aplicada en los estudios, la obra cumbre de Masters y Johnson se habría quedado encima del armario, cogiendo polvo entre los polvos. Pero nosotros, que alternábamos la testosterona con los sobresalientes, los relatos pornográficos con la poesía de García Lorca, nos disputamos  la posesión de aquel libro con mucha fiereza. Nos interesaba el placer, pero también su explicación científica. Ocurría, además, que la lectura de  La sexualidad humana, a medio camino entre la cerdada y la erudición, producía un gran placer por sí misma. A veces, incluso, nos encendía más que el grafismo explícito de las pollas bombeando entre los coños. Éramos lascivos y empollones a partes iguales. Jamás ligábamos con las chicas porque ellas sabían, o intuían, esa doble personalidad de nuestro carácter, tan contradictoria y poco natural. Éramos chavales atípicos, gilipollas por fuera y patéticos por dentro, románticos y cochinos.
          


 
            Casi treinta años después, la edad dorada de la televisión se ha acordado de aquella pareja que nos descubrió los misterios cardiorrespiratorios del sexo. Masters of sex viene anunciada como uno de los eventos catódicos del año, y pardiez que sus primeros episodios cumplen con las expectativas. Se ve que es una serie que han medido al milímetro, comedida e inteligente, porque los personajes se pasan todo  el rato hablando de sexo, o practicando el sexo, y el espectador que esto escribe apenas nota correr la sangre por la entrepierna. Hay una frialdad calculada que recorre los diálogos y las copulaciones. Mientras las prostitutas contratadas se masturban en las camillas, o las parejas voluntarias se entregan a la voluptuosidad tras los biombos, los científicos de bata blanca les van quitando y poniendo las ventosas del electrocardiograma. Luego, en la calma de sus despachos, analizan las crestas y los valles que los gemidos fueron dibujando sobre el papel pautado, y sacan conclusiones muy revolucionarias para la época. Cosas que ahora, ay que ver cómo cambian los tiempos, ya sabe cualquier chavala de instituto sin haber leído un libro en su vida. 
          Los doctores Masters y Johnson son como extraterrestres analizando el comportamiento sexual de los humanos. Como investigadores jugando con sus ratas de laboratorio. Masters of sex, aunque se anuncie como un pozo de lujuria para captar a la audiencia despistada, es una serie asépticamente asexual y distante.  De no ser por alguna teta que se escapa, o por alguna mamada que se insinúa, hasta los más católicos de nuestros comulgantes podrían aprender cosas sobre la carne humana, tan débil y tan blanca. 


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