Star Trek

De mi simpatía por los mentecatos que protagonizan The Big Bang Theory nació, hace meses, el compromiso de adentrarme en la dimensión galáctica de Star Trek, ese universo ficticio del que Sheldon y sus colegas hablan a todas horas, siempre para bien, con la admiración cansina de unos adolescentes eternos y plastas. Que es, también, el modo en que yo admiro mis filias particulares, igual de obsesivo y redundante, como bien saben los incautos que me preguntan. 


             
        Star Trek es una saga que tuve prohibida durante años por mi religión. Los chavales de mi círculo fuimos admiradores únicos del dios Lucas, caballeros Jedis de la Orden Terrícola, y nunca salimos de la galaxia muy lejana donde Han Solo pilotaba su Halcón Milenario. Por trozos que vimos, por comentarios que oímos, por prejuicios que fuimos alimentando, las andanzas de la nave Enterprise siempre nos parecieron de segunda categoría, como de pariente pobre de los Destructores Imperiales, o de la Estrella de la Muerte. Nos llegaban noticias, además, de que en aquella galaxia donde vivían los klingon y los vulcanianos hacían películas guiadas por altos valores morales, con mucha reflexión humanista salpicando los diálogos y las intenciones, y eso, a nosotros, que sólo queríamos desmembrar a nuestros enemigos con la espada láser, nos sonaba a clase de filosofía fuera del horario establecido. Nunca pasamos por  taquilla, ni elegimos las películas en los estantes del videoclub. Nuestra aportación al negocio de los responsables fue nula.


            Ahora que el dios Lucas ha sido desposeído de su divinidad por avaricia y chapucerismo, ya dispongo de permiso doctrinal para abrir este libro prohibido de Star Trek. Lo haré por el segundo capítulo, La ira de Khan, pues recuerdo, vagamente, haber visto la primera entrega hace muchos años, en un pase por la televisión navideña. Mi espíritu emprendedor tiembla un poco ante el aburrido recuerdo de Star Trek, la película, pero pronto me rehago, y enciendo los motores de mi mando a distancia a un cuarto de potencia. Star Trek II comienza con la nave Enterprise deslizándose por el espacio infinito, y esos planos me ganan el corazón infantil que el corazón adulto sólo ha recubierto, pero no silenciado. Es ver una nave espacial surcando la negrura interestelar, y me quedo abobado y rendido ante lo que venga. Pero lo que viene, en este caso, es tan duro de sobrellevar, tan inasumible para el adulto que sólo se asomaba aquí por curiosidad, que a duras penas consigo llegar hasta el final, con los huesos doloridos de tanto forzar las posturas. No es mejor Star Trek II que cualquier episodio de V, aquella serie de los extraterrestres reptilianos que en su día nos dejó patidifusos a los chavales, y que vista ahora nos parece inasumible y bastante ridícula. Es la misma estética, el mismo cutrerío, el mismo mal gusto ochentero disfrazado de humanidad del siglo XXIII. Khan es un malvado lamentable vestido de punkie sarasa. A los que no habíamos nacido cuando TVE pasó la serie original -La conquista del espacio- por el UHF, ni tampoco vimos las películas en pantalla grande cuando fuimos adolescentes, las exploraciones planetarias de la Enterprise nos entran por un ojo y nos salen por el otro, sin dejar ningún aprovechamiento en nuestros cerebros ya colonizados por otras historias. 


            Mientras veo la película, Spock y compañía recorren mis circunvoluciones cerebrales sin hallar pruebas consistentes de vida inteligente. Sólo unos gruñidos muy extraños, como de cerdo extinguido del siglo XXI, como de Homo Homerensis que la Federación de Planetas exhibe disecado en sus Museos de la Evolución. La computadora de a bordo recibe ronquidos, bostezos, actividad cerebral mínima que no llega a concretarse en bicho viviente y activo. Un misterio de la hostia, en la última frontera... Desesperados ante la ausencia de respuestas, Kirk y Spock se teletransportan a mi lóbulo temporal, armados de un mando a distancia que no sé muy bien para qué sirve. Pisan el terreno resbaladizo sin tener muy claro por dónde avanzar. De pronto, en la loma de una circunvolución vecina, aparecen unos moradores de las arenas dispuestos a echarlos de allí a patadas. Gruñen como trastornados mientras agitan unos palitroques de diseño algo paleolítico. Humano y vulcaniano, tan pacíficos como son, regresan a la Enterprise echando leches y abandonan mi universo interior a la máxima potencia de motor.
       
 
            Y yo, abrazado a mis queridos moradores, les saludo a modo de despedida cordial, con mis cuatro dedos juntos, pues soy incapaz de separarlos en dos parejas. Malditos vulcanianos, cómo lo harán...


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