The Deep Blue Sea

Hace unos meses, en la canícula insufrible de una tarde de verano, me quedé dormido varias veces mientras veía la castaña británica Voces distantes. Luego, en el blog, para no quedar como un cinéfilo insensible, eché mano de la oratoria para disimular mi contrariedad, y afirmé que la película de Terence Davies era una obra maestra y al mismo tiempo un tostón insoportable. Juegos de palabras que ya sólo engañan a los bobos y a los espectadores acomplejados. Una hipocresía muy común en el mundillo de los cinéfilos. Una impostura lamentable de la que llevo años queriendo abjurar, pero que luego, cuando llega la hora de las confesiones, de las exhibiciones intelectuales ante las mujeres, rebrota como una seta mal nacida. A uno le vienen de perlas estos ladrillos del cine europeo para lucir la voz grave, las gafas de pasta, el gesto arrogante. Es el espíritu de Juan Manuel de Prada el que me posee en estos trances de pedantería y sabihondez. Pero un Juan Manuel de izquierdas, anticlerical, revolucionario, que enamora a las chicas de la progresía y no a las pijas del barrio de Salamanca. Mi fisonomía, jesuítica y lipídica, se va pareciendo cada vez más a la suya, en una metamorfosis terrible de Gregorio Samsa que me está convirtiendo en un reptil de lengua sibilina.




            Del cine de Terence Davies hablan cosas tan eruditas en los ateneos de postín, que uno, desde su insignificancia paleta, desde su escaso andamiaje artístico, no se atreve a disentir. Seré yo, y no la película, piensa uno. Será una tara, una deficiencia, una falta de vitaminas. Un aminoácido que escasea o una hormona que se multiplica sin control. Algo orgánico, involuntario en cualquier caso, que me impide paladear este cine de alta cocina y plato cuadrado. Pero sé que es falso. Es un razonamiento estúpido que sólo busca quedar bien con la crítica oficial, con el canon establecido. No existen las buenas o las malas películas: sólo las películas que a uno le gustan o que no. Para millones de mujeres de este país, y de otros parecidos, Pretty Woman es la obra cumbre del cine norteamericano, y nadie podrá convencerlas jamás de lo contrario. Para millones de hombres que sólo gustan del western o de las hazañas bélicas, las demás películas son sentimentalismos o mariconadas de las que pueden prescindir sin graves consecuencias para su intelecto. Y quién de entre nosotros se atrevería a bajar al barro para convencerles de lo contrario... Algo parecido pensarán de mí los que han llenado páginas y píxeles ensalzando la última película de Terence Davies, The Deep Blue Sea. Mientras ellos hablan del amor que arrasa el alma y de la soledad que invade el ánimo, yo sólo veo a una mujer que ha experimentado tardíamente su primer orgasmo y que ya no sabe si quedarse con el marido que la quiere pero no la toca, o con el amante que la ignora pero le arranca gemidos de placer. Toda una dicotomía que a los veinte minutos de película se estanca y ya no progresa. El resto es decorado, floritura, musiquillas... Exhibición física y artística de esa mujeraza que las diosas modelaron a su imagen y semejanza para educarnos el gusto y consolarnos la mirada. Uno persevera en The Deep Blue Sea sólo porque es Rachel Weisz la que duda en su habituación o vaga por las calles lamentando su destino. Sólo por ella aguanta uno los paréntesis y los vacíos. Es el amor, y no la cinefilia, la que me lleva a buen puerto y no me deja naufragar. Es la belleza de una mujer, y no la pericia de un hombre. Es la actriz, y no la película. Es Rachel, y no Terence. Rachel, Rachel... Como en aquella película de Paul Newman.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com