La muerte del señor Lazarescu

La muerte del señor Lazarescu ya nos anuncia, desde su mismo título, que este pobre hombre, alcohólico y viudo, anciano y enfermo, va a morir. Lo que no nos cuenta, y es el intríngulis que nos mantiene pegados al sofá, es el periplo burocrático que recorrerá en sus últimas horas, la road movie en ambulancia que lo llevará por los servicios de urgencia de Bucarest. Unos porque no quieren encargarse de un enfermo maloliente y desagradable, y otros porque carecen de medios en esa Rumanía post-soviética y pre-arruinada, el caso es que los médicos y las médicas se van pasando la pelota como en un juego macabro de las tantas de la madrugada.


            Alguno dirá: son cosas que sólo pasan allá en Rumanía, que mira cómo están esos desgraciados. Pero no nos pongamos tan alegres. Son las barbas de nuestro vecino rumano, de nuestro primo romance, las que vemos pelar en esta incómoda película. Cada cierto tiempo, en nuestros periódicos patrios, surge una noticia muy parecida a este acontecer del señor Lazarescu, una trama absurda de protocolos y negligencias que desemboca en la muerte del señor García, o de la señora González. Errores médicos siempre los ha habido, y siempre los habrá. Pero uno tiene la impresión de que estas noticias han pasado del goteo a la llovizna, de la sección de sucesos a las páginas de sociedad. Los que ahora nos gobiernan dicen que estas afirmaciones son propias de comunistas, de radicales, de perroflautas piojosos. Nos aseguran que con menos personal y con menos medios vamos a curarnos mejor de nuestros males. Mientras así mienten con la boca, un brillo en los ojos que les nace involuntario  nos cuenta la verdad de sus pensamientos. Ellos nunca van a pisar los hospitales mugrientos que transitó el señor Lazarescu en su agonía. Ellos se curan en sus clínicas privadas, en sus sanatorios exclusivos, en sus hospitales carísimos de Estados Unidos cuando llega la enfermedad grave. Será por dinero... La perra suerte de los millones de Lazarescus que poblamos este país les importa una mierda. Somos simples remeros en esta galera que recorre los mares en busca de riquezas para el patrón. Si un remero se muere, rápidamente se pone a otro en su lugar. Para que no cuajen los motines nos permiten la compra de pisos, de ordenadores, de utilitarios. Y en nuestro embobo nos van sisando un poco en la comida, un poco en el vestir, un poco en la educación. Y un poco en las medicinas, a ver si vamos dejando sitio, que la juventud pide paso y rema más fuerte.





            En la revista Cinemanía de este mes, la articulista Mariló García confiesa vivir saturada de series de televisión. La comprendo muy bien. No hay horas suficientes para seguir todas las ficciones que nos interesan, que se multiplican como bacterias hiperactivas en una placa de cultivo. Ahora entiendo a la abeja que ha de elegir en el jardín de flores innumerables Uno ha de fiarse de la intuición, de la suerte, de los nombres muy conocidos. De los amigos muy íntimos que te juran y te perjuran.
            "Hemos pasado de la diversión a la necesidad, del autocontrol a la hiperactividad. Ojalá no me guste, me oigo decir, paradójicamente, viendo un nuevo piloto. De locos."
            La afición ha devenido vicio; la novedad, atropello; la seriefilia, enfermedad. 


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