Expediente Warren

Había leído en varios sitios que Expediente Warren, con su casa poseída por los espíritus y su familia acojonada en el interior, era una película rompedora con el subgénero. Que aportaba aire fresco e ideas renovadas a esta trama mil veces repetida. Pero mentían, claro está. Los propagadores del bulo se han embolsado unos buenos dineros con la campaña. 



          Expediente Warren... Fueron pasando los minutos, y los sustos, y los tópicos, y alcanzada la hora de metraje ya estaba uno enredado en la enésima película de puertas que se cierran y bocinazos que te meto. Uno se mete en estas historias y cuando quiere salir de ellas ya es demasiado tarde. Mientras el cerebro rezonga y se lamenta, las extremidades permanecen paralizadas y no hacen ningún movimiento. Ellas sí que pasan miedo con estas excursiones al mundo de los no-muertos. Ni las piernas se revuelven sobre el puf ni los dedos se acercan al mando a distancia. De hecho, yo juraría que el mando a distancia vive poseído por algún espíritu salido de la película, y que va cambiando de sitio cuando la idea de darle al stop se configura en el pensamiento. Se defiende con astucia, el jodido ectoplasma, para no ser devuelto al reino de la tele apagada. Lo mismo pone el mando a la izquierda que a la derecha, bajo el culo que en el regazo, en la mesita contigua que debajo del sofá. Lo mío con este trasgu sí que es un fenómeno paranormal, un poltergeist de mil pares de cojones. Muy verídico, además. Aquí hubiera querido ver yo a la famosa pareja de parapsicólogos, Lorraine y Ed Warren, haciendo fotografías infrarrojas del duendecillo. Aquí sí que hay un peliculón en potencia, intimista y a la vez inquietante, con unos sustos que te cagas cuando vas a darle al stop y te descubres con un plátano en la mano. Ése que ya te habías comido media hora antes...





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