Las nieves del Kilimanjaro

Las nieves del Kilimanjaro es una película francesa muy emparentada con Los lunes al sol. Sus protagonistas también son trabajadores despedidos de un astillero, arrastrados por la ola asiática de los bajos salarios y las deslocalizaciones en masa. Aquí, sin embargo, se respira un aire más amable y optimista. Se ve que en Marsella no llueve el mismo sentido del humor que en Galicia, donde cae más negro y sarcástico. Parecen más afables y flemáticos, estos marselleses, quizá porque viven bañados por el sol del Mediterráneo, y eso les amansa y les reconcilia con la vida. Quizá porque nunca han recibido la visita negra del chapapote. A orillas del Mare Nostrum, para quien gusta de ese clima, la existencia parece más llevadera y menos abrasiva. 



            A Robert Guédiguian, el director de la función, le conocía de oídas, de las crónicas de los festivales, de los reportajes de las revistas. Sin embargo, no sé por qué, jamás me había acercado a su filmografía. Son esos disparates de mi cinefilia que no admiten excusa ni perdón. Contradicciones estúpidas que rigen mi modo de pensar. Me aterraba, quizá, encontrarme con un plasta parecido a Ken Loach, al que admiro en lo personal y rehuyo en lo cinematográfico. ¿Y si Guédiguian es otro izquierdista intachable que confunde el cine con la pedagogía, el diálogo con el discurso, la justicia con el melodrama, el desahogo con el humor tontorrón? Pero no. Me equivocaba de medio a medio. Las nieves del Kilimanjaro es una película equilibrada y meritoria que habrá de inaugurar un nuevo ciclo de cine francés en mi salón. Para cuando haya tiempo, o inventen el día de  40 horas.


           

           El personaje principal es un sindicalista que se tiene a sí mismo por un burgués, por un sucio traidor a la causa de los obreros, simplemente porque vive en una casa decente, maneja un coche que no se estropea cada dos semanas, y hace excursiones los domingos con la familia. La pobreza, casi la indigencia, de sus viejos compañeros de astillero, le reconcome la conciencia de viejo combatiente. ¿Se puede ser comunista y llevar una buena vida al mismo tiempo? ¿Es necesario vivir en un piso precario para que le consideren a uno revolucionario intachable? ¿Conducir un cuatro latas? ¿Pasarse los domingos en el bar con dos cafés con leche y un vaso de agua?  Él, Michel, nuestro hombre, no parece tenerlo muy claro. La angustia de vivir mejor que sus vecinos le impide disfrutar de la vida. Tiene una mujer estupenda, unos hijos independientes, unos amigos fieles que resisten el paso de los años. La salud le responde y los vecinos le consideran un hombre honrado. Pero la suya es una felicidad que nunca se desprende del hormigueo estomacal, de las sombras negras de la mala conciencia. Michel no ha entendido que la justicia social no es el objetivo final, sino el punto de partida. Una vez que lo básico queda satisfecho y garantizado, cada uno vuela a su propia altura, con su propio motor.  La igualdad de oportunidades no nos convierte en iguales, porque la genética nos ha parido a cada uno por un sitio. Unos somos más feos, o más tontos, o más afortunados, y no es culpa de nadie. 



           

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