Seinfeld: una comedia sobre nada

Siempre que me preguntan, o me pregunto, por la mejor sitcom que haya visto jamás, respondo que Seinfeld. Y eso que no es, para qué mentir, una serie redonda. En sus nueve temporadas ha habido momentos tontorrones, desfallecidos, ocurrencias tan neoyorquinas que los españolitos nos quedábamos de piedra cuando escuchábamos las risas enlatadas. Pero lo bueno era tan tan valioso, tan reluciente, tan perdurable, que brillaba como el oro encontrado en una mina. Larry David y Jerry Seinfeld se aventuraron en las montañas donde nadie se había atrevido a buscar, y encontraron un filón de chistes que los hizo ricos y a nosotros felices. 


            
                Un cuarto de siglo después, nadie ha vuelto a desarrollar una telecomedia como Seinfeld, sin argumento, sin hilo conductor, un parloteo incesante sobre miserias cotidianas y asuntos sin importancia. Los grandes temas pasan por encima de los personajes como nubes o aerolitos. No hay Amor, ni Familia, ni Descendencia, ni Bonhomía, ni Destino. Siendo una comedia de amigos, casi no hay ni Amistad, pues aunque no paran de reunirse y de contarse cosas, los personajes parecen sacados de una película de Berlanga, en la que todos hablan y nadie escucha. Jerry y su pandilla son un grupo de adolescentes atrapados en cuerpos de adultos. No son estúpidos, ni parasitarios, ni malvados. Son personas de apariencia normal que desempeñan sus trabajos, que pagan sus facturas, que saludan al vecino con un buenos días o un buenas noches. Pero no busques en sus aventuras las palabras importantes, las reflexiones profundas. Ellos surfean la vida, pero no se sumergen en ella. Son narcisistas, caprichosos, superficiales. Son tipos muy parecidos a quien esto escribe, quizá irresponsables, quizá cobardicas, quizá inmaduros, que el primer día que le vieron las orejas al lobo decidieron refugiarse en la cabaña hasta nueva orden, al calorcito, al sofá, a la intrascendencia de lo banal, hasta que el tiempo escampe, o la vida nos saque de aquí a empujones.


          
                Jerry Seinfeld monologa en el primer episodio de la serie:
            "Lo juro, no tengo ni la más mínima idea de lo que piensan las mujeres. No lo entiendo, ¿vale? Lo admito, no entiendo las señales. No lo entiendo. Mujeres... ¡Son tan sutiles! Todo lo que hacen es sutil. Los hombres no son sutiles. Somos obvios. Las mujeres entienden a los hombres, los hombres entienden a los hombres. ¿Qué queremos? Queremos mujeres. Eso es. Es lo único que sabemos con seguridad. De veras. Queremos mujeres. ¿Cómo las conseguimos? Eso no lo sabemos. Del siguiente paso no tenemos ni idea. Por eso ves a hombres pitando en el coche, gritando desde las obras. Son las mejores ideas que hemos tenido hasta el momento. Pitar en el coche". 


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