El amigo de mi hermana

Si luego, después de haber visto la película, sigues soñando con la actriz hermosa que te ha robado el corazón, es que andas muy enamorado de ella. Si continua merodeando por tus fantasías como me ha sucedido a mí esta noche, ya no se trata de un amor cualquiera, de esos que yo aquí reseño por docenas, pasajeros y banales, más exagerados que otra cosa, para ir haciendo algo de literatura. Si ella se viene contigo al mundo de los sueños, estamos hablando de un amor que va más allá de la actriz, del personaje, de la entelequia catódica de una pantalla. Hay mujeres como Emily Blunt que son la encarnación exacta de un deseo, la solución matemática a una ecuación complejísima donde se cruzaban la piel y el músculo, la sonrisa y el hueso, los ojazos y el alma. Cientos y cientos de folios emborronados; cinefilias enteras de noches interminables buscándola por doquier. Y estaba aquí, en El amigo de mi hermana.
            Escribió John Keats hace dos siglos: “La belleza es la verdad, la verdad es belleza, esto es todo...”

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