The girl

Hasta ahora sabíamos, porque lo habíamos leído en los libros, y lo habíamos visto en los documentales, que Alfred Hitchcock se enamoraba sin excepción de las actrices que protagonizaban sus películas. Nos ha jodido. Todo el mundo, los contemporáneos de entonces, y los cinéfilos de ahora, caemos rendidos ante esas rubias que Hitch escogía con gusto ejemplar, mujeres enigmáticas y frías que escondían agitaciones volcánicas en su interior. Estatuas de mármol que encerraban una carne palpitante y sexual. 



            Lo que no sabíamos, y hemos conocido gracias a The Girl, es que Hitchcock alimentaba esperanzas de ser correspondido en sus deseos. Bajito y obeso, viejuno y neurótico, confiaba en la seducción de su inteligencia para que ellas, deslumbradas, se bajaran las bragas en las roulottes o en los camerinos. La última gran rubiaza a la que quiso seducir don Alfredo fue Tippi Hedren, treinta años menor que él, modelo publicitaria de Nueva York a la que contrató tras descubrirla en un anuncio de televisión. Si hacemos caso a The Girl -que dice estar basada en testimonios reales, con esa pomposidad dramática de las TV movies- don Alfredo lo intentó todo para llevársela a la cama: la seducción, la extorsión, la confesión impúdica de su amor atormentado. Lo mismo le regalaba joyas que le metía mano en las limusinas; lo mismo le amenazaba con el despido que lloriqueaba como un niño para que ella transigiera. El deseo extemporáneo de un hombre mayor, traicionado por el físico, abatido por la edad, pitopaúsico y decadente. 
            De ser cierta la historia, don Alfredo no sale muy bien parado de este acercamiento biográfico a su oronda figura. Pero quién sabe: tal vez los testimonios de sus contemporáneos sean algo exagerados. Tal vez The Girl se tome algunas licencias dramáticas para darle más enjundia al personaje. Cuesta pensar que un hombre de su posición, tan expuesto a la prensa, a la crítica, al público que lo amaba, se jugara el prestigio personal en estos lances, que lo arriesgara todo por el mísero precio de dos revolcones, por muy rubias y deseables que fueran sus actrices. Dejémoslo estar. Incurable romántico o lamentable rijoso, lo que aquí nos importan sus películas. Y algunas de sus citas memorables, como ésta que abre los títulos de crédito de The Girl:
 
            "Las rubias son las mejores víctimas. Son como la nieve virginal que nos deja ver las pisadas sangrientas".


          

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