Shaolin Soccer

Shaolin Soccer es probablemente la peor película que he visto en mi vida. Una pandilla de ex-monjes del kung-fu montan un equipo de fútbol para hacer frente a los Evils de Shanghai, un plantel de chinos hormonados que preside un millonario que parece sacado de Puerto Banús. Es una mierda de película. El fútbol es el cebo que nos ponen a los tontos occidentales para que piquemos como truchas. El terreno de juego es un enorme tatami donde se exhiben las patadas voladoras, los brincos imposibles, los malabarismos de chiste. Los diálogos parecen sacados de un curso para gilipollas, y la historia de amor, de un culebrón programado por Antena 3. Es tan horrible, Shaolin Soccer, que a partir de la media hora, superado ya el shock del balompedista, empiezas a sospechar que todo esto responde a una estrategia calculada, y que este tipo, Stephen Chow, responsable del invento y delantero centro de la tropa, es un cachondo mental que en el fondo nos está haciendo un favor. Uno recuerda, de pronto, la Teoría de la Fascinación por lo Cutre que nos enseñara el maestro Pepe Colubi, y comprende que Shaolin Soccer es exactamente lo que parece, una memez supina, y no una película que esconda una pretensión de seriedad o de trascendencia. Es entonces cuando quien esto escribe, acompañado de Pitufo, que se descojona a mi lado, se libera del corsé absurdo del crítico de cine y termina agradeciendo este despelote de primera categoría. Siete días después, vuelve a ser viernes. Vuelve a ser fiesta de guardar. Mi retoño bienamado; mi cine bienquerido.




            Hoy, por lo que se ve, el cine y el fútbol se van dando de la mano. Al llegar la madrugada, en el libro donde menos se la esperaba, leo esta jugosa reflexión sobre la violencia de las películas en el carácter de los espectadores. Se trata de la autobiografía de Bill Shankly, histórico entrenador del Liverpool F.C. En el primer capítulo habla de su infancia en el pueblo minero de Glenbuck, allá por los años veinte. Tras confesar su predilección por las películas de gángsters de James Cagney, Shankly, arrebatado por la emoción, se lanza a escribir una reflexión sociológica. Muchos dirán que no tiene ninguna razón. Sobre todo las mamás y las trabajadoras del magisterio. Yo estoy plenamente de acuerdo con el viejo Bill. Y que arda Troya detrás de nosotros:
            "Hay películas sobre Al Capone, verídicas, y violentas. Pero no creo que películas como ésas hagan que la gente quiera salir a disparar a la gente. Sólo eres un delincuente si has nacido para delincuente. Nadie te fabrica. A veces puedes ser conducido por el mal camino, pero al final siempre depende de ti. Nadie te convierte en un criminal si tú no quieres serlo". (Traducción libre de un "nivel medio" de inglés).


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