The Damned United

Kevin Keegan, el histórico delantero del Liverpool F.C., dijo una vez: 
El asunto más difícil es encontrar algo para reemplazar al fútbol, porque no hay nada”. 
Yo tengo, además del fútbol bendito, esta suerte de las películas, como él tiene, aunque se lo callara en la famosa sentencia, la suerte de los millones y de las mujeres hermosas.  Sin las películas, uno andaría perdido por los paréntesis de la vida, por los océanos de tiempo en calma chicha que son los interregnos de los partidos. Horas como semanas, días como meses, meses como años. La cinefilia, aunque yo la inflame en estas páginas con prosas ardientes, no es la reina absoluta de mis dominios. Mi tiempo lo gobierna un duunvirato perfecto de cine y fútbol en el que ningún cónsul goza de privilegios. Ambos me entretienen por igual. ¿He dicho me entretienen? Qué verbo más torpe, más corto, más injusto con la verdadera importancia de estos asuntos. Mejor decir que me rescatan de la vida, que me la hacen soportable y a ratos apetecible. Ya dijo Bill Shankly, el entrenador de Kevin Keegan, que el fútbol no era una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante. Ya dijo Céline, en el Viaje al fin de la noche, que “tienes que atiborrarte rápido de sueños para atravesar la vida que te aguarda fuera, a la salida del cine, resistir unos días más esa atrocidad de cosas y hombres”.




Cuando entro en las películas, salgo del mundo. Tengo esa gran virtud, o ese gran defecto. Mientras al otro lado de la ventana las gentes lloran o se malhumoran, yo me divierto con una comedia imprevista y genial. Mientras afuera se celebra la festividad pueblerina del santo con borracheras y petardos, yo, en el micromundo de mi habitación, lloro a moco tendido un dramón que venía envenenado y a contracorriente. Vivo en mi burbuja de sentimientos, en un calendario de fiestas y laburos que poco coincide con el oficial de los corazones. Sólo en días como hoy, cuando veo una película con Pitufo para celebrar que es fin de semana, dejo la puerta entreabierta para que ambos mundos se comuniquen. Pitufo es mi embajador en el Reino de los Demás. Por él todavía me intereso y me muevo, indago y me comunico. Es él quien me reconcilia con la vida verdadera, la de carne y hueso, la de piedra y cristal. Hoy hemos visto The Damned United, la crónica de los cuarenta días como cuarenta condenas que pasó Brian Clough entrenando al Leeds United, allá por los años 70. Durante hora y media se han juntado el fútbol y el cine, Pitufo y los hologramas, la vida de mentira y la vida de verdad. Ha sido como un chute de optimismo, como un canuto de felicidad. Vivo algo borracho hasta que se disipen los vapores. No estoy acostumbrado a estos jolgorios. 


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