Sympathy for Mr. Vengeance

De aquel futbolista coreano que tantos años jugó en el Manchester United nunca llegamos a saber si se llamaba Park Ji Sung, o Ji Sung Park. El orden de los factores no alteraba el producto, y cada comentarista y cada aficionado del sillón-ball lo llamaba como mejor le parecía. Ni siquiera sabíamos cuál era el nombre y cuál el apellido, o si en Corea se aplicaban realmente estas reglas de la antroponimia occidental. Con el director coreano de Sympathy For Mr. Vengeance, tan laureado en los festivales, tan vitoreado en los foros de los jóvenes, que celebran alucinados sus excesos sangrientos, ocurre tres cuartos de lo mismo. Park Chan Wook, que así se llama el sujeto, a veces es citado como Chan Wook Park, y a veces, también, como Chan-wook Park, introduciendo un guión de marras y eliminando una mayúscula que los coreanos ni se plantean, pues ellos escriben con signos muy raros, y las cábalas gramaticales de los pieles blancas les importan un comino. No hago más que recordar ese viejo chiste que explicaba cómo eligen los chinos el nombre de sus hijos: arrojando una lata al suelo y anotando el sonido de los tres primeros rebotes. Clank, Pong, Chan...



            Esto de los nombres coreanos es un juego de niños en comparación con el lío monumental que supone diferenciar el rostro de sus actores. Yo mismo, durante varios minutos de Sympathy For Mr. Vengeance, he caminado absolutamente perdido por las aceras de Seúl, soñando una pesadilla de tipos bajitos y morenos que se repetían una y otra vez, confundiendo a víctimas con verdugos, a vengadores con vengados, a protagonistas principales con fulanos despistados que pasaban por allí. Menos mal que Chan Wook Park -¿o es Wook Park Chan?- es un director inteligente, de proyección internacional, que conoce estas deficiencias cognitivas de los occidentales, y se toma la molestia de pintar el cabello del protagonista de color verde, y de colocar, en el papel de su amante, a una actriz bellísima llamada Doona Bae, quintaesencia de la hermosura oriental, pequeña, delicada, de pechos semiesféricamente perfectos, abrasadora en la mirada, encantadora en la sonrisa. Sólo así, gracias a estas muletas visuales, he logrado comprender esta historia de venganzas que se suceden en un ciclo sin fin, a cuchillada limpia, a punzón en la carótida, a machetazo salvaje que cercena la cabeza de un tajo, pues se ve que allí, en Corea, a diferencia del Salvaje Oeste en el que se vengan los americanos, es muy difícil conseguir un arma de fuego que ejecute limpiamente a la persona odiada. Sympathy For Mr. Vengeance es una película incómoda, de las de apartar varias veces la mirada, que alterna los silencios y los gritos, las caricias y las agresiones, los lagrimones y los borbotones de sangre. Poesía brutal, o salvajismo lírico, no sé. Cosas de coreanos, muy entretenidas, y un pelín ajenas.


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