Los amantes pasajeros

Llevado más por la curiosidad que por el convencimiento, asiento mis reales en el sofá para ver Los amantes pasajeros. Meses de críticas negativas le habían preparado a uno para asistir a la peor película de Pedro Almodóvar. Pero nunca, ni en el más pesimista de los augurios, para este disparate. No le tengo ninguna manía al director manchego. Es más: le tengo por un hombre cercano a mi propio sentir, más allá de los gustos sexuales, o de la diferencia de edad que nos separa. Cuando habla en sus entrevistas, o escribe en sus guiones, siento que es un tipo de vehementes pasiones, de amores que alcanzan la locura y desencantos que hieren hasta el alma. Un hombre que arriesga en sus sentimientos, que goza o que sufre, pero que nunca se queda en la indiferencia, en el medio camino. Luego, sus películas, son harina de otro costal. Algunas ya forman parte de mi educación sentimental, como Átame, o Hable con ella. Otras, por alocadas, por excesivas, por profundamente personales, quedan muy lejos de mi gusto, del terreno común que pudiéramos compartir entre ambas Castillas. Pero en todas, incluso en las más fallidas, había encontrado yo siempre un poso de hermandad, un fugaz encuentro en el laberinto de los sentimientos.  Hoy no. Hoy he pasado por Los amantes pasajeros sin detenerme en ningún chiste, en ningún romance, en ninguna exaltación de la libertad sexual. Ningún pájaro de los que viven en mi cable ha levantado el vuelo. Se han quedado quietecitos, adormilados, mirando el paisaje. Extrañados con la tontería mientras piaban por lo bajo.



            Sólo en la belleza paralizante -de las que te quitan el hipo y la respiración, el raciocinio y la vida- de esta actriz llamada Blanca Suárez he encontrado el motivo para insistir y desear. Blanca era una actriz de la tele que no veo, y de las películas que no anoto. Pero ahora ya forma parte de mis sueños, de los nocturnos, y de los que sueño despierto. Ha entrado a saco en mi corazón blandiendo unos ojazos que cortan como cuchillas. Me desangro por dentro mientras escribo estas líneas, y el deseo, que fluye junto a la sangre,  entra en las heridas como el alcohol de quemar, y escuece, y duele, y me retuerce las entrañas en un agonía que es vivificante y necesaria. Es el amor, de nuevo, que viene a recordarme que sigo entre los vivos.



             He recordado, mientras veía Los amantes Pasajeros, aquella guasa que escribió Pepe Colubi en su libro La tele que me parió, obra canónica tan citada en estos escritos, por divertida, y por juiciosa.
            “... una curiosa característica que comparten muchos teléfilos y que Derek Thornton, de la Universidad de Stanford, ha denominado Teoría de Fascinación por lo Cutre (TFC). Se trata de la admiración que ciertos productos catódicos deleznables producen en el espectador que sabe reconocer la calidad; el hechizo es tan hipnótico que el potencial crítico se queda alelado ante lo que está viendo”.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com