La zona muerta

En La zona muerta, Christopher Walken, ese actor de presencia siempre perturbadora y magnética, como un emisario irresistible del Mal, interpreta a un profesor de instituto que tras sufrir un accidente de coche adquiere el poder de estrechar la mano de cualquiera y adivinarle el futuro. Pero nunca te saca el porvenir de las buenas noticias, del aumento de sueldo, del revolcón con la rubia largamente deseada... Nuestro protagonista sólo posee la clarividencia de las desgracias, de las muertes trágicas. No es, por tanto, un chollo de amigo, ni una suerte de cuñado. Hay que tener un par de bemoles para ir a su casa y pedirle consejo en una sesión de "estrechamiento manual". Cuando vislumbra tu dolor, tu accidente, tu muerte sangrienta, Christopher se agita en convulsiones como si le azuzaran con una picana, y siendo ya de por sí un tipo de ojos saltones, éstos todavía se le asoman más al precipicio, amenazando con convertirse en yoyós de materia orgánica y viscosa. Christopher Walken es, en sí mismo, cuando entra en trance, una película de terror. Y algo gafe, además, porque uno tiene la sensación de que su personaje, más que adivinarte el siniestro futuro, lo provoca en el justo instante de darte la mano, como si refractara el rayo límpido de tu destino y convirtiera la que iba a ser tu vida venturosa en un valle de lágrimas de ea pues Señora. 


       Uno, en la vida real, quisiera un amigo así para las pequeñas cosas, para los consejos de andar por casa, nunca para los proyectos importantes, de largo recorrido. Pedirle, por ejemplo, cada lunes, que me agarrara del brazo y me predijera si el próximo fin de semana iba a acertar el pleno al 15 de la quiniela. Sólo eso. Me ahorraría ocho euros muy majos que con esta tontería de hacerme millonario siempre acaban en la papelera. Un Christopher Walken así, con el que yo tuviera confianza para ser molesto de vez en cuando, también me ahorraría mucho tiempo de fútbol vacío, y de lecturas condenadas al fracaso. Me salvaría de los cero a cero disputados entre trogloditas, de las páginas insufribles que al final no conducían a ninguna enseñanza, a ninguna exaltación artística. El protagonista de La zona muerta podría hacerse millonario -el sí- abriendo un negocio de Administración y Gerencia del Tiempo. Por apenas tres minutos de consulta y unos cuantos aspavientos de trastornado, a 5 eurillos por consejo, este tipo podría organizarte una agenda inmaculada, fructífera, repleta de aconteceres bien encaminados. Una bendición para los hombres y mujeres de a pie; una herramienta imprescindible para triunfar en el salvaje mundo empresarial. Sería, por fin, la vida condensada, nutritiva,  aprovechada al máximo, todo lo contrario de esta existencia nuestra, la que arrastramos en La zona viva, que es una sucesión de esperas, de colas, de tiempos muertos que llevan de una intranscendencia a un fracaso, de una nadería a una gilipollez supina. Como estas entradas del diario, sin ir más lejos, y el tiempo que malgasto en ellas...


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