Caída y auge de Reginald Perrin

Reggie Perrin. 46 años. Ejecutivo de ventas de Sunshine Desserts. Aburrido. Estresado.
Con este rótulo explicativo comienza cada episodio de Caída y Auge de Reginald Perrin. Al fondo, mientras leemos la presentación, vemos al propio Reginald desnudándose en la playa y adentrándose en el mar, dispuesto a confundirse con las olas, a disolverse entre la espuma y la sal para volver a ser uno con la naturaleza inorgánica. La vida de Reginald es un Día de la marmota que no transcurre en Punxsutawney, Pensilvania, sino en los suburbios de la clase media londinense. Nuestro cuarentón vive una crisis tan típica, tan de manual, tan parecida a la angustia del espectador medio calvo y medio gordo que esto escribe, que muchas veces me parece estar viéndome ante el espejo. 



            Aunque venden sus trapisondas como una comedia, y hay muchas risas enlatadas de la cosecha del 76, las andanzas de Reginald Perrin son más trágicas que otra cosa. Tragicómicas, podríamos decir, si no estuviera tan manido el adjetivo. El aburrimiento de los hijos, la idiotez del trabajo, la rutina descafeinada del hogar. La fantasía erótica con la secretaria, con la vecina, con la chica del televisor. La sensación lacerante de saberse uno para metas más altas, para vidas más emocionantes, para trabajos más cualificados. La estupidez de unos, el egoísmo de otros, la petulancia de los tipejos más prescindibles. La aparición de los primeros insomnios, de los primeros dolores, de las primeras disfunciones que ya nunca se arreglarán del todo. El miedo a la muerte cada vez más cercana, más hediondo el aliento, más apreciable el susurro, más perfilada la guadaña. La angustia de morir, y de no vivir mientras se la espera. El aburrimiento, el desconsuelo, el llanto... ¡La suegra!, que jamás falta en estas operetas. Sí, amigos, es la crisis masculina de los cuarenta. De los cuarentones, más bien, porque algunos coetáneos, afortunados ellos, aún viven en la excelencia física, en el polvo habitual, en la alegría expansiva de vivir. Ellos habrán de esperar a los cincuenta para entender los rollos que les soltamos, las quejumbres que ahora les suenan a chino del mandarino.


            

         Caída y Auge de Reginald Perrin es la serie imprescindible de este otoño, del vital, y del estacional,. Lo que no sé es por qué me gustaba tanto hace treinta años, la primera vez que la pasaron por televisión. Yo, con mis doce añitos deshormonados y poco sapientes, ya era un fan incondicional de Reginald Perrin. Se la recomendé a los compañeros del cole, a los colegas del barrio, a los primos del extrarradio, y nadie me hizo caso. Mi entusiasmo debía de parecer ridículo, y extemporáneo. Una tontería más del pequeño Rodríguez, tan repelente, tan entrometido en las cosas de los mayores. Pero yo no mentía. Lo mismo me reía con el english humor que sentía pena por el bueno de Reginald, una especie de piedad prematura, de conexión personal, de augurio preclaro del futuro que me esperaba. De algún modo yo entendía que Reginald Perrin era el hombre en el que terminaría por convertirme. Una intuición, una vislumbre, una ventana abierta a las Navidades futuras. O quizá, simplemente, una coincidencia. El rato de la merienda ante la tele convertido en una tonta profecía.



Doctor: ¿Notas que no haces el crucigrama como solías hacerlo? ¿Mal sabor de boca por la mañana? ¿No paras de pensar en sexo? ¿No puedes hacer nada para remediarlo? ¿Te levantas sudado? ¿Te duermes viendo la tele?
Reginald: ¡Extraordinario! Es exactamente lo que me pasa.
Doctor: Y a mí. Me pregunto qué será.





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