Sacrificio

Es un chiste muy malo que a buen seguro repiten los odiadores oficiales de Tarkovsky, que imagino legión, y muy indignados. Y abiertos, espero, a nuevos ingresos en el club. Pero ha sido un sacrificio, agónico, de mil pausas para ir a mear, de mil cambios de postura en el sofá de pronto incomodísimo, de tres sesiones repartidas en tres días para mejor sobrellevar el metraje interminable, llegar hasta el último minuto de Sacrificio, la que decían obra inmortal del cineasta ruso, testamento vital de su poderío narrativo y visual y tal y tal. Sacrificio no es una película: Sacrificio es poesía, asociación libre, ida de olla. Ideorrea de visionario que lo mismo filosofa que balbucea; que lo mismo alterna sentencias enjundiosas que uno apuntaría en el cuadernillo con diálogos para besugos que vuelven a los personajes estúpidos, y a los espectadores cómplices del desatino. Sacrificio, como ejercicio experimental, como mezcolanza inenarrable de lo simbólico y lo onírico, de lo religioso y lo lunático, de lo entendible y lo grotesco, debería estar en los museos de arte moderno, y no en los cines, ni en los DVDs. Deberían proyectarla sobre las paredes, o sobre los lienzos colocados ex profeso, al lado de las pinturas abstractas, de las esculturas retorcidas, de las fotografías en blanco y negro que nadie sabe interpretar. Llamar cine a este corta y pega de ocurrencias, de planos estilosos, de paisajes imponentes, de personajes zumbados, de argumentos sin hilo, es una exageración. Y una estafa. 


            Y basta. Aquí detengo mi ataque, que vengo muy recto, y con ganas de bronca. La impotencia se me torna en ira, y la limitación intelectual en sorna muy ácida. Soy un paralítico incapaz de trepar a tales alturas del cine culto. Lo mío es el campo base del cine americano, y sus plácidos alrededores. Cuando arrecia la ventisca, y la cuesta se pone jodida, yo prefiero quedarme aquí, al calorcillo de lo facilón. Ni con cien sherpas que me llevaran en volandas subiría yo a las montañas donde ya no existe la lógica, ni la narrativa, ni nada que se le parezca. Allá donde los creadores hacen versos con la cámara y rimas asonantes con los ombligos, hace un frío de la hostia, y además se respira muy poco oxígeno. Si quieres seguirles el rollo, terminas por asfixiarte, y por volverte loco. No pertenezco al círculo exclusivo de los que sí entienden estos onanismos alpinos. Afortunados exégetas... Se ve que hay que nacer para ello, con una sensibilidad especial, con un gen de más. Se ve que estas cosas, además, las enseñan en las Escuelas de Cine, tan escasas, y tan caras: Estudio y análisis de los cineastas plúmbeos, primer cuatrimestre para los nórdicos, segundo cuatrimestre para los soviéticos. Sea como sea, vivo fuera del secreto. Yo voy por la vida sin estudios, sin espíritu poético, y así es imposible construirse una cinefilia como Dios manda, respetable y académica, de la que poder presumir en los foros, y no como esta mía, tan de andar por casa, tan poco presentable, tan básica que da un poco de penita. Puto Tarkovsky. O Tarkovskij. Que hasta en eso, ando perdido.


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