A Roma con amor

La mamma de negros pendientes que te amenaza con el cuchillo en el fragor de la discusión; el recién casado que necesita lecciones de una prostituta para aprender a follar; su fiel esposa, virgen en el noviazgo, a la que sin embargo le bulle la sangre y el adulterio como el magma de un volcán; el vecino anónimo que entona  las arias de Verdi mientras se ducha; la turista americana que se enamora del bello ragazzo de pelo moreno y ensortijado... En A Roma con amor, Woody Allen hace un repaso de los personajes más recurrentes del cine italiano, caricaturizándolos todavía más, cosa que era innecesaria, pues estos estereotipos ya son de por sí exagerados, casi como cartoons a la vera del Mediterráneo. Los italianos, en su cine, salvando el corto período del neorrealismo, siempre se han escondido tras lo excesivo, tras lo histriónico, temerosos de mostrarse al mundo como personas normales, lo mismo en las grandes películas de Fellini que en las gamberradas de Álvaro Vitali, el entrañable Jaimito que amenizó durante años nuestras largas excursiones en autobús.


A mi hermano Allen le ha salido una película simpática y fallida, que no hace daño, pero que no alimenta en absoluto, como esas setas que ni son venenosas ni sirven para la cocina. A Roma con amor es un chiste fácil y prescindible. Queda, como único alimento del alma, este consejo que Leopoldo Pisanello, el personaje de Roberto Benigni, recibe de su chófer:
“Ya se lo dije, señor. La vida puede ser muy cruel y no dar satisfacciones, ni a quien es rico y famoso, ni al pobre desconocido. Pero ser rico y famoso es, sin duda, la mejor de las opciones”.



Queda, también, de A Roma con amor, el aprendizaje de este bello concepto que enuncia uno de sus personajes contemplando la grandeza derruida del Coliseo: Ozymandias Melancholia. Como nada se explica de él en la película, acudo a la red para que mentes más preclaras me iluminen.
En la base de la estatua de Ramsés II (apodado Ozymandias) que se conserva en el Museo Británico, figura esta leyenda:
"Rey de reyes soy yo, Ozymandias. Si alguien quiere saber cuán grande soy y donde yazco, que supere alguna de mis obras”.
Cuando la estatua fue descubierta en el siglo XIX, nada de las obras de Ramsés quedaba en pie. A su alrededor sólo había desierto y ruinas. Esta burla cruel del destino, esta maldad diabólica del paso de los años, inspiró al poeta romántico Percy Bysshe Shelley un soneto inmortal que termina así:

No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas
de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas
se extienden las solitarias y llanas arenas.


Woody Allen explica a sí su versión particular de Ozymandias Melancholia:
“Es ese sentimiento de tristeza y depresión que obtienes al darte cuenta de que no importa cuán grande, majestuosa e importante es una cosa en el momento, con el tiempo pasará. Es justamente esa decadente estatua de Ozymandias, antes una magna estatua, ahora un fragmentado trozo de mármol en el desierto. Entonces, tienes ese sentimiento depresivo porque te da un sentido de la inutilidad de la vida, que todo para lo que estás trabajando, y todas las cosas que parecen tan significativas, son nada.”


          
                                                     

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