Academia Rushmore

Me sucedió ayer con Suspense. Y me ha vuelto a suceder hoy con Academia Rushmore. Nada que no sea la fealdad o la belleza de la actriz principal acude a estos dedos que teclean, a esta mente veraniega que se me ha quedado en blanco, despojada del espíritu literario, abrasada, resudada, incapaz de articular un discurso coherente, responsable con mis escasos pero eximios lectores. El crítico de cine se ha ido de vacaciones, cansado ya de perorar en el desierto, y ahora ocupa su lugar el sátiro de todos los agostos, que sólo se fija en las mujeres, y no en las actrices, buscando resquicios de carne, puntuando los rostros bonitos, haciendo memorias y estableciendo listas de preferidas. Debe de ser Max, el entrañable antropoide que vive en mi patio interior, que aprovecha mis siestas para encender el ordenador, y que anda priápico perdido, jugando a todas horas con la careta del carnero.
          Prometí, hace tres meses, después de ver Moonrise Kingdom, reconciliarme con este director de humor tan particular, de estilo tan irritante en ocasiones. Aquella película de Wes Anderson me dejó pensativo, y triste. Flotaba sobre la historia un algo indefinido sobre la niñez perdida, sobre la madurez inalcanzada del carácter. Moonrise Kingdom es una película de las que vuelven cada cierto tiempo a la mente, con un fotograma, o con un diálogo. Quería, en agradecimiento por el regalo, volver sobre mis pasos y dedicarle una retrospectiva al cineasta otrora maldito. Averiguar si Moonrise Kingdom es una maravillosa excepción en su filmografía, o si era yo, en cambio, el que otras veces entraba torcido en sus películas, quizá mal advertido, quizá demasiado impaciente ante sus propuestas peculiares.


               
               Hoy he descubierto que lo que hace años me pareció incomprensible o absurdo en Academia Rushmore, ahora me resulta familiar, extrañamente personal, como si repensar mi propia adolescencia ya no fuera una tarea farragosa y doliente. Como si hubieran cedido algunas reticencias, y se hubiesen abierto algunas compuertas. Daría para mucho escribir, este redescubrimiento de la propia adolescencia en la figura de Max Fisher, alumno gafotas y solitario, enamorado contumaz de la chica equivocada e inaccesible. Daría para hablar de cosas muy importantes y profundas: del paso de la edad, del proceso de aprendizaje, de los traumas que se quedaron y los traumas que se fueron curando. Pero ya digo que nada crítico o ilustrado sale estos días de mi redactar. Academia Rushmore, en manos de otro cinéfilo más inquisitivo, de otro literato más arrebatado, daría incluso para una novela que continuara las andanzas de Max Fisher. Yo, en cambio, que me dedico a escribir este diario para pasar el rato, y para que pique alguna trucha de rubios cabellos, me he pasado la película entera amando a Olivia Williams cuando salía en pantalla, y echándola de menos cuando no estaba, y los pensamientos profundos, que los tuve, se han ido diluyendo en este magma espeso del deseo, que borbotea y aúlla y se regodea. Una vergüenza de comportamiento; un descontrol del raciocinio; un ejemplo más de que esto va camino de convertirse no en un diario personal, ni en un dietario de cinéfilo, sino en la consigna rutinaria, a medias poética y a medias marrana, de mis amores por las mujeres virtuales y preciosas, como Olivia Williams, en aquella flor de su edad, mon amour



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com