El dictador

El dictador es la parodia de un déspota norteafricano que parió la mente genial y demenciada de Sacha Baron Cohen. Te partes el culo durante hora y media con los gags muy poco sutiles de este humorista británico que jamás cultivó el humor inglés. El racismo, el sexismo, el terrorismo..., todos los ismos que muchos no osarían abordar pasan por su picadora de carne puesta a mil revoluciones. Baron Cohen se tomó al pie de la letra aquello que recitara el personaje de Alan Alda en Delitos y faltas
           “Comedia es igual a tragedia más tiempo”.
       Sólo doce años después del atentado contra las Torres Gemelas, con medio mundo todavía revuelto con las guerras posteriores, Baron Cohen se atreve con este gag histórico de los supuestos terroristas islámicos en el helicóptero turístico. Quedará para la historia universal de la comedia.


             Te ríes mucho con El dictador, sí, sobre todo si se posee una cabeza a medio cultivar como la mía, tan arcaica y grosera, tan proclive al humor facilón y obsceno. Pero hacia el final de la película, por muy antropoide que seas, se te congela la sonrisa cuando el dictador Aladeen, ante la asamblea general de la ONU, rompe en pedazos el documento que iba a ser la primera Constitución Democrática de Wadiya. Los asistentes, indignados, le abuchean. Pero Aladeen no se echa atrás en su determinación de seguir manteniendo su dictadura:
         “¡Oh, cállense! ¿Por qué son ustedes tan antidictadores? Imagínense que América fuera una dictadura. Podrían hacer que el 1% de la población tuviese todas las riquezas de la nación... Podrían ayudar a que sus amigos ricos lo fueran aún más reduciendo sus impuestos y sacándoles del apuro cuando apostaran y perdieran. Podrían ignorar las necesidades de los pobres en salud y educación. La prensa parecería libre pero estaría controlada en secreto por una persona y su familia. Podrían pinchar teléfonos, torturar prisioneros extranjeros... Podrían manipular las elecciones, podrían mentir sobre por qué van a una guerra. Podrían llenar sus cárceles de un grupo racial en particular y nadie se quejaría. Podrían usar los medios de comunicación para asustar a la gente y hacer que apoyen las políticas que van en contra de sus intereses. Sé que para los americanos resulta difícil de imaginar, pero por favor, inténtelo”.


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