Anvil

Allá por los años 80, en el reinado efímero del heavy metal, Anvil, un grupo de rock que procedía del ignoto Canadá, se dejó ver en los grandes festivales de la época, vendió un puñado de discos muy alabados por la crítica y luego, poco a poco, fue desapareciendo de las listas de éxitos, y de los grandes escenarios, hasta caer en el olvido. Anvil, el sueño de una banda de rock, es el documental que recupera a los miembros de la banda treinta años después, allá en su Toronto natal, convertidos en cincuentones que se ganan la vida en menesteres mucho más aburridos que la música. Ellos son Steve “Lips” Kudlow, líder y vocalista, ahora dedicado al transporte de comida para los colegios, y Robb Reiner, el batería, virtuoso por necesidad del martillo neumático que destroza los asfaltos y las aceras. 


            Steve y Robb son vecinos de toda la vida, amigos desde la adolescencia, colegas ya algo barrigudos del porrete y la cerveza. Hay algo en sus pintas, en su manera de hablar, que me recuerda poderosamente al Nota de El gran Lebowski. Aunque ahora viven retirados en su gélido país, nunca han dejado de tocar. Anvil sigue actuando en pequeños festivales de todo el mundo, en salas minúsculas del Canadá o de Europa, a veces del Japón, donde apenas unas decenas de nostálgicos se acercan a escucharlos, y a menear las melenas al compás de los guitarras. En estas giras algo patéticas se les va lo comido por lo servido, y apenas ganan cuatro duros. A veces ni eso. Pero ellos insisten en su arte. Como dicen al principio del documental, la música les ayuda a mantenerse vivos, y cuerdos. Si no disfrutaran de esos momentos sobre el escenario, la vida gris del trabajo y de la decadencia física les aplastaría hasta asfixiarlos. Sólo allí, bajo las luces, acompasando los instrumentos, se sienten felices, jóvenes de nuevo, aunque sólo cuatro pelagatos, casi siempre borrachos, asistan a la función. No les importa. Ellos tocan para sí mismos, por el mero placer de tocar, y nunca van a retirarse, como unos infatigables Rolling Stones del terruño.  


            El documental habla de su sueño de grabar un nuevo disco, el decimotercero de su carrera, cañero y bien producido, para presentarlo en las discográficas y volver a estar en el candelero del rock. Un último intento de alcanzar la fama y la gloria, los milloncejos y el aplauso de las multitudes. Pero esto, que es el leitmotiv que enhebra la trama, no es el meollo del asunto. Más que cualquier otra cosa, lo que nos atrapa a los espectadores poco entendidos en el heavy es el retrato de una amistad entrañable, que ha sobrevivido a los fracasos, a los reproches, a las cutrerías. Hay dos o tres momentos en que uno se siente realmente conmovido por las cosas que Steve y Robb se dicen el uno al otro; sin mariconadas, pero a pelo, como sólo pueden decírselas los amigos de verdad. El rock, en este documental, es casi una excusa. Como la búsqueda de riquezas en El hombre que pudo reinar, o la belleza de la taiga siberiana en Dersu Uzala. Cómo nos gustan, las películas sobre las grandes amistades, a los que por unas cosas o por otras,  inocentes o culpables, incomprendidos o tímidos, no hemos cultivado la amistad.



            Anvil, el sueño de una banda de rock contiene dos momentazos para el recuerdo. El primero lo protagoniza Steve “Lips” Kudlow, trabajando en un call-center en sus horas libres para juntar las 13.000 libras que les pide el productor del disco. Apenas durará unas horas en el negocio. Pese a su apariencia de tipo duro y peligroso, melenudo y desafiante, Steve, en el fondo, es un buenazo incapaz de engañar a la gente, o de atosigarla con una venta: 
            “Me enseñaron toda mi vida a ser educado, y este trabajo es exactamente lo contrario. Tienes que ir en contra de todo lo que aprendiste de niño”.

 
            El segundo lo protagoniza Robb Reiner. Es hacia el final del documental, cuando ya se desgranan los títulos de crédito. Son cuatro frases dirigidas a cámara, despiadadas, tristes, que vienen a cortar el buen rollo que presidía los minutos finales: 
            “No piensas en ello, pero la vida pasa volando, viejo. Eso es lo que he aprendido aquí. Antes de que te des cuenta, la vida se ha terminado. Y no parece haber durado mucho. Eso es lo que Robbo aprendió acerca de un montón de cosas”.


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