Rompecabezas

En los anuncios promocionales de Rompecabezas, película argentina sobre un ama de casa que descubre casualmente su pericia con los puzzles, puede leerse: "Todo el mundo tiene un don especial, pero a veces tardamos 40 años en descubrirlo”. Carmen, la protagonista de la película, necesitó llegar a su cincuenta cumpleaños para saberse talentosa en algo que no fuera cocinar o limpiar la casa. O cumplir pasivamente con el débito conyugal, sin que se le notase mucho el desánimo. No pierdo, pues, la esperanza. Más allá de la erudición plasta en asuntos balompédicos o cinematográficos, y del rascado de testículos que llevo años practicando con particular virtuosismo mientras leo o veo la televisión, no se me conocen mayores méritos intelectuales o artísticos. No, desde luego, éste de la escritura de los diarios, donde me manejo con desesperante torpeza, y donde al final del día sólo recalan, después de tanto esfuerzo en la reescritura, los lectores que iban buscando el sexo duro que mis titulares prometían sin dar. Y no, tampoco, pues ya he probado esa suerte, los puzzles. Desesperante pasatiempo en el que uno, entre pieza y pieza, entre chasco y chasco, no deja de pensar en los libros que podría estar leyendo, en las películas -¡decenas!- que podrían ocupar el tiempo de esas horas entregadas a la reconstrucción.



            Como le dijo Alf a Willie cuando éste insistía en que se entretuviera con un rompecabezas: 
- Está roto..
- De eso se trata. Se supone que debes formarlo.
- ¿Por qué? Yo no lo he roto.




          A la guionista y directora de Rompecabezas, Natalia Smirnoff, además del talento que despliega para atraparnos en esta historia minimalista del ama de casa, hay que agradecerle que no aproveche la ocasión para lanzarnos una sonrojante metáfora de la vida basada en los puzzles, como aquellas que soltaba el anciano cascarrabias de Amador, otro insigne aficionado a la recomposición de imágenes que comparaba la estrategia en el tablero con la estrategia más general de la vida, en una literatura impropia de Fernando León de Aranoa. Rompecabezas, afortunadamente, no persigue ninguna moraleja, ninguna metáfora hueca. Es una historia sencilla, nada barroca, que sólo cuenta lo que cuenta. Por no tener, casi no tiene ni final. Rompecabezas es un pequeño descubrimiento, una pequeña alegría. Un remanso de paz argentino en el tráfago de las tragedias bielorrusas, de los ritmos enloquecidos del cine americano. 








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