El indomable Will Hunting

           Guardaba un gran recuerdo de El indomable Will Hunting. Un recuerdo ya mozo, de la edad del pavo, crecidito y con acné. Hoy que he vuelto a ver la película, descubro que este recuerdo era mucho más gratificante que la cruda realidad. Quizá porque me he vuelto viejo, o resabiado, o cínico militante, a El indomable Will Hunting le he visto las costuras sentimentales, muy poco sutiles, que hace más de una década no supe o no quise ver. Quizá porque yo también, por entonces, andaba entusiasmado con la posibilidad de ser un tipo importante, corajudo, con un futuro luminoso por delante, como Will Hunting, pero en otra división más modesta, inteligentillo a mi modo, en mi micromundo de Invernalia. Pero más que el futuro me gustaba el fútbol, y el cine, y ya nunca levanté el vuelo de los sillones, de los sofás, de las butacas, de las sillas del bar. 

 
            Con el paso del tiempo, algunas escenas de El indomable Will Hunting desprenden mermelada de fresa por los bordes del televisor. Y me jode, reconocer el inconfundible blup-blup de la fructosa coloreada, porque Matt Damon y Ben Affleck, responsable oscarizados del guión, son dos tipos que básicamente me caen bien, desde que hace años los descubrí coetáneos y sintonizados. Siempre les he disculpado en sus películas alimenticias, o de relleno, por que sé que lo primero es el dinero, el lujo, la gran vida, las mujeres despampanantes, y luego, solo luego, el arte. Necesitan el dinero, además, para sufragarse las películas más personales, con las que van construyendo su buen nombre, o para pagar los caprichos de sus amigotes, menos afortunados. Uno moreno y otro rubio, Damon y Affleck parecen los Zipi y Zape de Boston cuando participan en las películas gamberras de Kevin Smith, imperfectas, pero divertidísimas. Haciendo de sí mismos en esas patochadas redimen muchos de sus pecados. Damon ha sido el soldado Ryan, el agente Bourne, el Tom Ripley implacable... Affleck, en los últimos tiempos, se ha convertido en un director imprescindible, de los de cita anual, Estos dos bostonianos ya forman parte de mi vida, como mis compañeros de trabajo, o como mis vecinos de Invernalia. 


         No rescataré en estas páginas ningún diálogo entre Will Hunting y su psiquiatra, a cada cual más inverosímil y forzado. Aunque la película le debe la fama inmortal a esta relación, yo, la verdad, no he sacado ninguna chicha de ahí. Y me jode, también, porque es indudable que Robin Williams se curra su papel. Y aunque no se lo hubiese currado, es Robin Williams, qué carajo, el hombre cuya foto encabeza este diario, oh capitán, mi capitán, inmortal profesor Keating. Pero me molesta, sobremanera, el tonillo filosófico que destilan sus escenas con Matt Damon: el tan manido “si quieres, puedes”, tan neoliberal, tan falso, tan asqueante. Tan evidente, además, cuando estamos tratando de un megagenio de las matemáticas capaz de aprender en días lo que otros no llegaremos a leer en años. Una bobada de argumento, como se ve. Una gilipollez de moraleja. Sí quiero transcribir, en cambio, esta suculenta parrafada que Will Hunting les suelta a los militares del Pentágono que desean contratarle:
Contratante: Tal como yo lo veo, la cuestión no es por qué deberías trabajar para nosotros. La cuestión es: ¿por qué no?
Will: ¿Por qué no debería trabajar para ustedes? Pregunta difícil... Pero intentaré responderla. Imaginemos que empiezo a trabajar y me ponen un código sobre la mesa, uno con el que nadie puede. Yo intento descifrarlo y lo consigo, y me siento satisfecho porque he hecho bien mi trabajo. Pero a lo mejor ese código da la situación de un ejército rebelde en el norte de África, y en cuanto han localizado su escondite, bombardean el pueblo donde se esconden los rebeldes. Mueren quinientas personas a las que yo no conocía, con las que no tenía ningún problema. Luego los políticos dicen: “Enviemos a los marines para asegurar el área”, aunque les importa una mierda. No serán sus hijos los que vayan a morir. Los suyos tienen recomendación y se pegan la vida padre en la Guardia Nacional. Será un chico de Southie al que llenarán el culo de metralla, y cuando vuelva descubrirá que la planta en la que trabajaba ha sido trasladada al país del que acaba de volver, y que el tipo que le llenó el culo de metralla le ha quitado el trabajo, porque lo hará por quince centavos al día y sin pausas para mear. Luego el chico comprende que el único motivo por el que le enviaron allí fue instaurar un gobierno que nos vendería el petróleo a buen precio, y las compañías petrolíferas han aprovechado el conflicto para disparar los precios de la gasolina, lo que supone un hermoso beneficio para ellas, de modo que a mi colega no le ha servido de nada. Así que se toman su tiempo para traer el petróleo nuevo, y se toman la libertad de contratar a un capitán mercante borracho al que le gusta darle al Martini y hacer slalom entre los icebergs. A medio camino choca con uno, derrama el petróleo y se carga la fauna del Atlántico Norte. Mi colega está en el paro, no puede pagar la gasolina, va andando a buscar empleo y eso le putea, porque la metralla del culo le ha provocado hemorroides y está muerto de hambre porque cuando va a comer, el único plato del día que sirven es pescado del Atlántico Norte al aceite de motor. ¿Que qué me parece? Creo que puedo montármelo mejor. Pienso: ¿qué coño? Ya puestos, ¿por qué no me cargo a mi colega? Le quito su trabajo, se lo doy a su enemigo, subo la gasolina, bombardeo a un pueblo, mato a una foca a golpes, fumo maría y me apunto a la Guardia Nacional. Podría llegar a presidente...


 

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