El ala oeste de la Casa Blanca. El estreno

Aunque asustado por su número infinito de episodios, he decidido estrenar por fin El ala oeste de la Casa Blanca. Y la serie, afortunadamente, promete. La metralleta de Aaron Sorkin dispara mil réplicas por hora a través de las mil bocas de los personajes, en una sinfonía de diálogos que te obliga a abrir los ojos como platos, y los oídos como ensaladeras, para no perder el hilo de las tramas. Nunca fueron fáciles, las ficciones de Sorkin. 
           De todos modos, aunque el inicio sea prometedor, noto que voy a tardar varias semanas en aterrizar. De momento sólo sobrevuelo los episodios, dando vueltas en el aire hasta que se me pase el sofocón de Veep. El ala oeste de la Casa Blanca viene a ser el reverso eficiente, el lado benefactor de los políticos que trabajan por América y por los americanos. Son los mismos pasillos de Veep, y los mismos ajetreos, pero aquí todo se despacha con seriedad y trascendencia. Los mismos títulos de crédito, con la bandera tricolor al viento y la música rimbombante de las grandes decisions, ya anuncia que la gente de Veep, seguramente perteneciente a otra administración, ha sido despedida. O más bien, si nos atenemos al orden cronológico de los acontecimientos, todavía no ha llegado. 



En el segundo episodio sale un vicepresidente que no se parece en nada a Julia Louis-Dreyfus, y uno se queda perplejo y triste con el cambiazo. Este vicepresidente es un tipo rudo, desafiante, seguro de sí mismo. Le acompaña una camarilla de ayudantes que parecen sacados de Harvard, o de Yale, y uno, casi sin querer, siente añoranza de la comedia, y se pregunta cuál de las dos versiones de la Casa Blanca se parecerá más a la realidad. Uno quisiera respetar la presunción de inocencia de estos trabajadores que rodean a Martin Sheen, pero sospecha, en su fuero interno, que la realidad debe de estar más próxima a Veep que a El ala oeste. Uno ya sabe que la política real no se dilucida en esos pasillos: que se decide en el Pentágono, en Wall Street, en los concilios de las iglesias... La Casa Blanca, como cualquier otra sede de la voluntad popular, no es más que un teatrillo, un guiñol. Una bufonada, casi siempre. 


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