Dredd. Cersei Lannister y la cicatriz

Termino de ver Dredd y todavía no me explico en qué carajo estaba pensando cuando anoté este despropósito en mi agenda de estrenos. Un despropósito que no llega ni a película, pues vendido como tal, oculta realmente un videojuego que nos queda muy lejos, muy alborotado, muy cansino, a los cuarentones despistados. Para no enmendar mi error -evidente ya a los pocos minutos- y no perder la tarde por entero, intenté sacar algo de provecho entre los disparos y los borbotones de sangre: un chistecillo, una ocurrencia, una filosofía que me eximiera de la vergüenza de estar viendo, ¡otra vez!, una película de hostias, tan mayorcico, tan inmaduro, sin que nada parecido a la adultez haya crecido todavía en las neuronas. A mi edad provecta, me da reparo perder el tiempo en estas tonterías, y voy buscando, para justificarme, un poco de trascendencia en el argumento, una moraleja vital que me redima del pecado de reincidir. Ya que no hay clínicas de desintoxicación para este mal, quede, al menos, la alta intención de encontrar nobles saberes entre los desperdicios y los sesos. Pero Dredd, de esas búsquedas tan espirituales, prescinde por completo. Sus creadores van a lo suyo, al tiro limpio, a la sangre excesiva, al taco mil veces repetido que ya ni sorprende ni escandaliza. Lo del hijoputa y cabronazo escupido a todas horas mueve más la risa que a otra cosa. Dredd ha hecho sus dineros con el aplauso simplón de los adolescentes, tan fáciles de complacer ahora como entonces. De chaval, con las palomitas, rodeado de amigotes, yo la hubiera gozado el primero. Hasta un póster del superpoli hubiera puesto en mi habitación, en lugar preferente y bien visible. Éramos así de simples, y de bobos, en nuestros tiempos mozos. Ahora seguimos siendo igual de simples, y de bobos, pero nos hemos vuelto conscientes de la tara, del retraso madurativo que ya es un aplazamiento sine díe, y deslices como caer, y apurar hasta el final, películas como ésta de Dredd, nos sacan las vergüenzas a la luz, y nos delatan, y nos dejan de mal humor para el resto del día.


            La mala malísima que capitanea a los malos se llama, curiosamente, Ma-Ma, aunque en inglés no tenga mucho sentido este chascarrillo. Tiene una cicatriz horrenda que le deforma media cara, y una sonrisa yonqui de dientes amarillentos y muy picados, pero se nota que por debajo del personaje palpita una actriz guapísima, de rasgos felinos y poderosos. Su rostro me resulta familiar, pero no consigo ubicarlo. En alguna escena siento que estoy a punto de resolver el enigma, pero el nombre, y las otras películas de su currículum, se me escurren de la punta de la lengua, que siempre he tenido muy fina, y muy inestable. Nada de lo que cae por allí aguanta unas décimas de segundo para ser recordado. 


               Será luego, como siempre, en el rastreo obligatorio por internet, cuando vuelva a darme una palmada en la frente y exclamar “gilipollas” al descubrir que ella era Lena Heady, la mala-malísima (también) de Juego de Tronos: Cersei Lannister, madre del rey Joffrey, hija de Tywin Lannister, hermana y amante de Jaime el Matarreyes. Aunque sé que no soy muy ducho en estas tareas, quedo perplejo, y preocupado, ante mi creciente incapacidad. Un simple cambio de cabello, de rubio largo a moreno corto, me ha ocultado la identidad de esta mujer a la que tanto admiro, por su hermosura, por lo inquietante de su mirada, por la serenidad reptiliana que insufla a sus papeles de perversa pervertida. Lena es una actoraza, y una mujeraza. Y sin embargo, la había olvidado. En la discoteca de las mil caras y los mil escorzos nunca la hubiese reconocido. Menuda admiración. Menudo enamoramiento. Menuda cinefilia, la mía, que ni a sus mitos recuerda.


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