Veep. In the loop

Meses antes de empezar a escribir este diario, pasó por mi cartelera una película titulada In the loop que era el retrato ácido, descojonatorio, brillante, de la alta política británica. Una legión de funcionarios histéricos iba de reunión en reunión, de pasillo en pasillo, atando y desatando importantísimos cabos a una velocidad de vértigo. Con los tipos inteligentes se mezclaban otros que eran estúpidos sin remedio, tontos de remate que habían llegado hasta los centros del poder por esos misterios insondables de la vida. La fauna humana que retrataba In the loop era tan absurda que sólo podía ser verdadera, o al menos muy cercana a la realidad, del mismo modo que Dr. Strangelove nació como una comedia disparatada sobre la Guerra Fría y luego resultó ser, gracias a los papeles secretos que el tiempo desclasificó, un retrato verídico de los lunáticos que asesoraban al presidente de los Estados Unidos.



El responsable de In the loop es un cineasta escocés de nombre italiano, Armando Iannucci, que suena a diseñador de moda, o a talentoso mediocentro de la Juventus. Hace unos días, curioseando por internet, descubrí que Ianucci también era el creador de la telecomedia Veep, sitcom que yo en un principio había decidido no ver, pues soy un cinéfilo mortal, de tiempo finito, comprometido con la sangre de mi sangre, y con los cacharros del fregadero. Terminé de ver el primer episodio y una sensación de quiero y no puedo congeló mi entusiasmo inicial. La vicepresidenta de los Estados Unidos –que interpreta esa comedianta nata y pizpireta que es Julia Louis-Dreyfus- recorre pasillos y despacha reuniones estúpidas mientras una legión de asesores personales la vuelven loca con sus argumentos entrecruzados, con sus planes de emergencia, con sus sugerencias no siempre afortunadas. Los diálogos serían imposibles de seguir en una versión original subtitulada: los consejeros se pisan continuamente las intervenciones, las opiniones, las correcciones... Es una comedia que no pretende ganar al espectador por la vía de la frase genial, o de la réplica perfecta. Lo suyo es apabullar con la verborrea, noquear con la velocidad de los diálogos, dejarte sonriente y mareado como si acabaras de bajarte de un carrusel. El primer episodio de Veep es una experiencia gratificante, pero confusa. El segundo, en cambio, es una obra maestra de las sitcoms norteamericanas. Lo que en la primera entrega era sonrisilla aturdida y sensación de vértigo, ahora es sonrisa pletórica, carcajada frecuente, bienestar de puro gozo que te va calentando la sangre. Un asombro de mandíbula que se desencaja ante el derroche creativo que Iannucci y sus colaboradores despliegan en los guiones. Un pimpampum corrosivo y cínico en el que ningún personaje sale bien parado.



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