Veep. VIP

Hace varios días que terminé de ver el último episodio de Veep, y el recuerdo de los chistes todavía me asalta en cualquier sitio, público o privado, dibujándome la sonrisa de bobo feliz. Por aquí, en el pueblo, cuando me descubren de tal guisa en la cola del pan, o guiando mi oxidada bicicleta por la calle, siguen pensando que estoy majara, y que voy empeorando con la edad. Cómo explicarles que a uno le perdura Veep en la sesera, y que no lo puedo remediar. Cómo explicarles, peor aún, que existe una serie llamada Veep, que la dan por el canal de pago, o que se descarga por el “internés”, y que va de unos políticos americanos y sus asesores que no paran de hablar y de meter la pata... Algunos, los más informados de la pedanía, pensarían que les estoy hablando de Vip Noche, aquella horterada televisiva que hace más de veinte años presentaba Emilio Aragón. Se acordarían del programa porque allí meneaban el culo Las Cacao Maravillao, y porque junto a Milikito presentaba la función una jovencísima y hermosísima Belén Rueda. Luego, tras tantos recuerdos, el querido convecino llamaría al manicomio provincial para que vinieran a recogerme. “Uno que todavía se la menea pensando en aquellas brasileñas”, diría.


Hay series como Veep que te poseen como si fueran demonios cachondos, y durante varios días uno se convierte en el predicador paliza de su serie favorita. Un Juan el Bautista que a orillas del río Sil anuncia la llegada de la mejor comedia del año, y está dispuesto a bautizar a todo el que se acerque de buena fe, sea berciano o extranjero. Sé de algún amigo que estos días me encuentra por la calle y me rehúye con discrección, como hacía Larry David con el "parar y charlar". Los muy veteranos ya saben que tras los saludos protocolarios voy a volver rápidamente sobre Veep: que si tienes que verla, que si es cojonuda, que si te dejo los DVDs, que si ya estás perdiendo el tiempo... La verdad sea dicha, estos días no debo de parecer muy en mis cabales. Como Juan el Bautista, en lo enajenado, y en la larga barga. Será lo de Veep, o será la insolación de estos días asesinos de julio, pero no se me va esta fiebre monomaníaca, este deseo evangelizador de mi nueva religión.

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