Django desencadenado

Dos horas después de haber visto Django desencadenado no se me ocurre nada original que escribir. Sobre Quentin Tarantino y su polémica obra ya se ha dicho prácticamente todo. Y todo muy acertado, y muy didáctico. Para qué, pues, insistir en el fenómeno. Desesperado de mi inacción, de mi falta de creatividad, acuciado por esta imposición personal de escribir una página al día aunque no se tengan ganas ni argumentos, he releído las críticas serias sobre Django desencadenado en busca de inspiración. Y he encontrado, en la Sodoma de la prensa de derechas, en la única columna justa de Oti Rodríguez Marchante, esta reflexión salvadora:
            “... un western deslumbrante en el que te diviertes y te ríes como si estuvieras haciendo algo guarro”. 



         ¡Eso es! Django desencadenado, como otras películas de nuestro amigo Quentin, es un banquete de diversión y gozo que sin embargo, al final, te deja el regusto de una vergüenza en la boca, de una leve indigestión en el estómago. Jamás disfruto de los pasotes de Tarantino a tumba abierta; noto que bajo la cuesta empinada pisando el freno, como temeroso de entregarme plenamente a la experiencia. Siempre hay algo innecesario en sus violencias, aunque sean vistosas, aunque sean molonas. Un prurito ético que no termina de extinguirse, que se pone a dar toquecitos sordos en la conciencia cuando estás disfrutando como un cerdo de la casquería. Es un remilgo que aún nos queda a los cuarentones que nos educamos en otra época, que crecimos sin estas sanguinolencias explícitas, con los rescoldos de la censura, y los dos rombos, y los padres vigilantes... Para qué -se pregunta uno cuando termina de ver Django desencadenado- tanto regodeo. Quentin sería un puto genio, un puto dios, si rebajara los excesos, si midiera sus euforias. Si recortara, también, un poquitín, los metrajes. Sus películas serían redondas, incuestionables. Obras maestras. Pero quizá no harían tanto dinero, claro. Quentin es un tipo inteligente, centrado, que sabe muy bien lo que se hace, aunque luzca esa quijada de tonto del pueblo, y esos ademanes de orate de ciudad. Más que películas, el rueda cómics, y en los cómics todo está permitido. Una lástima que se nos quede ahí, en el género chico. 


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