The master

Antes de ver The Master, leo en los foros que la nueva película de Paul Thomas Anderson es el retrato encubierto, apenas disimulado, del fundador de la Iglesia de la Cienciología, Ron Hubbard. Un película a medio camino entre la admiración y la duda, entre la comprensión y la crítica. Uno que ha vivido toda su vida en la Invernalia católica, y poco sabe de estos asuntos de los cienciólogos – sólo que creen en extraterrestres  cabezones que gobiernan nuestras vidas, y que hay mucho actor del guaperío militando en sus filas-, se planta en el sofá con la idea de ver un controvertido biopic sobre los orígenes fundacionales de la secta. Pero bastan unos pocos minutos para comprender que Paul T. Anderson, como era de esperar, no ha tomado el camino más fácil y directo, sino uno tortuoso, extraño, que tapa más que cuenta, que suscita más que indica. Un experimento a ratos comprensible y a ratos no,  a veces convencional y a veces extravagante, que de cualquier modo te mantiene pegado a la pantalla, entregado a la causa. Pero no a La Causa de Hubbard, aquí llamado Lancaster Dodd, sino a “la causa” fílmica de Paul T. Anderson, ese director siempre diferente, arriesgado, a veces fallido. No esta vez.



The Master no era un biopic, ni una clase de historia, ni un retrato épico del self-made man decidido a fundar una nueva religión. No eran, como habían publicitado por ahí, los Evangelios de Hubbard según San Paul. El infatigable y megalómano empeño de Lancaster–Hubbard no es el leitmotiv que anima la película; sus maniobras financieras y sus verborreas pseudocientíficas forman parte del decorado, pero no construyen lo esencial de la trama. The Master es, por encima de todo, la crónica de un empeño educativo. O más bien de un empecinamiento pedagógico. La película más parecida que uno recuerda es El pequeño salvaje de Truffaut, en la que Jean Itard, pedagogo vocacional en tiempos de la Ilustración, se las tenía tiesas con el niño salvaje de Aveyron. En The Master, Lancaster Dodd presume de practicar una psicoterapia capaz de devolver a los hombres al camino recto del equilibrio, de la templanza, del autocontrol sosegado y fructífero. Una batalla terapéutica contra la tiranía de los instintos que a ratos parece un psicoanálisis de Sigmund Freud y a ratos una psicomagia de Alejandro Jodorowsky, con participación estelar de espiritistas en contacto con el más allá. Lancaster-Hubbard vive feliz, seguro de sí mismo, confiado en el poder casi omnímodo de su terapia, hasta que se topa con la horma de su zapato, Freddie Quell, excombatiente de la II Guerra Mundial, alcohólico y sexoadicto, desquiciado y enigmático, una recreación asombrosa de ese actor ya de por sí algo freddiequelliano llamado Joaquin Phoenix. Freddie Quell es un hombre atrapado en el animal que todos llevamos dentro, pero que a él se le ha salido de las tripas, y lo ha reducido al silencio con un abrazo mortal de oso. Ése enfrentamiento entre el profesor orgulloso y el alumno díscolo es el drama central de The master, el asunto principal que a Paul T. Anderson más le interesa: la vieja pelea entre la educación y el instinto; el combate filosófico entre la creencia de que los hombres pueden cambiar y la sospecha de que uno siempre es como es y anda siempre con lo puesto, como cantaba Serrat. 


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