La Rosa Púrpura de El Cairo

En la selecta nómina de mis heterónimos, Cecilia, la protagonista de La Rosa Púrpura de El Cairo, es uno de los personajes más parecidos a mi yo y a mi circunstancia, aunque ella sea, obviamente, una mujer, y vista los rasgos tan hermosos como fríos de Mia Farrow, y no esta barba siciliana de cinco días, ni esta papada rebosante de lípidos que ahora mismo, mientras escribo estas cosas, vuelvo a rellenar con unas galletitas y con unos frutos sequitos, mientras ahí afuera, en el agradecido sol del atardecer, mis semejantes pedalean, corretean, dan largos paseos que los limpian por dentro de inmundicias. 



            Cecilia, como uno mismo, como otros muchos que pululan por las calles, trabaja en lo que no quiere, sobrelleva el matrimonio, aguanta a los pelmazos, tacha los días en el calendario esperando simplemente que no lleguen las desgracias o las muertes. Vive en el desaliento cotidiano de quien ya no espera la gran oportunidad. El bombo de la vida se detuvo y expulsó un número feúcho y no premiado. Cecilia a veces siente una alegría sin fundamento, como de niña, o como de loca, pero se disipa en apenas unos segundos, nacida de la nada como una pompa de jabón, irisada y muy poco longeva. Muchos que así viven -que así vivimos- matan sus penas en el alcohol, en el dominó, en la peluquería del barrio. Otros se zambullen en el trabajo, cazan mariposas, construyen barcos dentro de una botella. Cecilia y yo, en cambio, matamos nuestras penas con una película diaria, o con dos, si la pena es muy grande, y el tiempo libre se hace tan largo que nos envuelve y nos asfixia. Marginados del mundo real, probamos suerte en el mundo de las películas, a ver si allí corremos las aventuras románticas que la vida nos negó. Si es cierto que las neuronas espejo sufren cuando los demás sufren, y gozan cuando los demás gozan, nosotros, que hemos cerrado el chiringuito de las otras neuronas, todavía conservamos éstas frescas y lúcidas. Para ellas comemos, y respiramos, y guardamos nuestras horas de sueño. Son las niñas bonitas de nuestros organismosdesaprovechados. Gracias a su sináptica labor viajamos a países lejanos, corremos peligros inciertos, amanecemos en las playas,  besamos los labios apetecibles del sexo contrario.  El cine es nuestra diversión, nuestra salvación, nuestra pétrea muralla contra la depresión. 



            Y nuestra batalla perdida, también. El mismo Woody Allen, en su libro de conversaciones con Eric Lax, habla así sobre la idea central de La Rosa Púrpura de El Cairo:
Eric Lax: Al final la realidad siempre puede con uno.
Woody Allen: Tengo la impresión de que uno se ve obligado a quedarse con la realidad en lugar de con la fantasía, y la realidad siempre acaba haciéndote daño, mientras que la fantasía no es más que una locura.
Eric Lax: Menuda elección.
Woody Allen: Sí, la vida es una situación en la que uno tiene todas las de perder.



            Pienso, después de ver La Rosa Púrpura de El Cairo, en cuál sería mi reacción si un buen día, en el salón de mi casa, mientras contemplo arrobado a Natalie Portman en una de sus películas, ella traspasara la pantalla y se plantara ante mí, tangible y carnal, hermosísima y asequible. Ni una erección me saldría, del puro amor. Tartamudo de pensamiento y de palabra, uno tardaría un buen rato en darme cuenta de que ella no sería Natalie Portman, sino uno de sus personajes, del mismo modo que en La Rosa Púrpura de El Cairo es Tom Baxter, la recreación, y no Gil Shepherd, el actor, quien se escapa de la pantalla para fugarse con Cecilia. ¿Sería la Natalie Portman rapada de V de Vendeta? ¿La Natalie descocada de Closer?  ¿La bailarina enjuta y lésbica –oh, sí- de Cisne Negro? ¿La Princesa Amidala exiliada en el planeta Tierra? ¿La chica encantadora que regentaba la juguetería de Mr. Magorium? Quién sabe. Todas las Natalies serían experiencias únicas y excitantes. Luego, como en la película de Woody Allen, aparecería en mi casa la Natalie Portman real, la mujer de mi vida, la carne de mis sueños, tratando de convencer a su travieso personaje de que regresara a la pantalla, y restablecer así el orden real y no-real del Universo. Delante de la Natalie Portman verdadera me quedaría ya directamente mudo, y sordo, y gilipollas. Se me caería el pito al suelo, innecesario ya para el amor platónico y sagrado que no necesita el sexo para ser consumado. No se folla con las diosas a las que uno entrega su vida, su ser, su existencia entera. Natalie me pediría explicaciones, quizá amables, quizá coléricas, en su inglés indescifrable de israelita afincada en Nueva York, y yo no sabría responder nada, con la baba caída, la mirada perdida, el espíritu derrumbado. Ni el más inteligente de los guionistas sabría ponerme una palabra verosímil en los labios. Nuestra película, la que protagonizaríamos Natalie Portman y yo, sería El Capullo Moreno de Invernalia.





Cecilia: Verás, aquí [en el mundo real] la gente envejece, y muere, y nunca encuentra el verdadero amor.
Tom Baxter: De donde yo vengo las personas nunca te desilusionan. Son consecuentes, siempre puedes contar con ellas.
Cecilia: Así no encontrarás a nadie en la vida real.

Gil Shepherd [a Cecilia]: ¿Quiere decirle que regrese? Dígale que no le quiere, que no le puede amar. ¡Es irreal! ¿Va a perder el tiempo con un personaje de ficción? Es deliciosa. Merece un ser humano de verdad.
Cecilia: ¡Pero Tom es perfecto!
Gil Shepherd: Sí, pero no es real. ¿De qué le sirve que sea perfecto si no es real?


Cecilia: Sé que me quieres
Tom Baxter: Cecilia, claro que te quiero. ¿No compartes mis sentimientos?
Cecilia: Pues yo... No, no es eso. Es que tú eres..., una especie de fantasma.
Tom Baxter: Mira, no quiero seguir hablando de lo que es real o ilusorio. La vida es demasiado corta para pasar el tiempo pensando en ello. ¡Vivamos!


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