Desmontando a Harry.

En Desmontando a Harry, Harry Block, heterónimo apenas disimulado de Woody Allen, vive una crisis de escritor que ha perdido la inspiración literaria, y que además ha sido abandonado por la mujer que tanto amaba, una joven Elizabeth Sue que hace tres lustros vivía el esplendor rubio de su belleza anglosajona.
Desmontando a Harry no es una película lineal, ortodoxa. Como su mismo título indica, la personalidad de Harry Block es construida y deconstruida a modo de rompecabezas de cubos infantil. El apellido, Block, por supuesto, no está elegido al azar. La carátula del DVD, tampoco. Cada cubo es un personaje, un recuerdo, un encuentro que de algún modo explica el desamparo actual de Harry. Los cubos pueden pertenecer al pasado o al futuro, a lo real o a lo soñado, a las peripecias reales o las que él mismo plasmó en sus literaturas, plasmándose a sí mismo. La película es un gran puzzle de personajes que el espectador no necesita resolver, como en las tramas policíacas, pues aquí no hay crimen ni misterio. La personalidad de Harry, como la de Woody Allen, como la de cualquiera de nosotros, es el producto neuronal de un caos ya indescifrable de experiencias, algunas fatales, otras insustanciales, algunas muy remotas, otras de ayer mismo. Nadie -viene a decir Woody Allen- está hecho de una sola pieza. Y aquí lo dejo. Estas parábolas sobre la vida y los puzzles, como aquellas que soltaba el viejete moribundo de Amador, están ya muy sobadas. No quiero sumar a la mala literatura la rancia sabiduría. No. 



           
Harry Block se lamenta en la consulta del psiquiatra:
            “¿Sabe? ¿Sabe? Yo, yo, yo.... Yo aún no he madurado. Y me siento... No sé. Es que veo a otros tíos de mi edad y... En fin. Yo sólo pienso en follarme a todas las mujeres que veo. Si veo a una mujer donde sea, en el banco, una desconocida, si veo a una mujer en el autobús pienso: ¿cómo estará desnuda? ¿Podré follármela? Y es una locura... Yo veo a tíos que conozco que son abogados, y médicos, y tienen familia, y casa, y no son tan...”.
            Y yo, rascándome la cabeza, me pregunto por qué Woody Allen expone tales pensamientos como si fueran el síntoma de una tara,  el indicio de una locura. ¿No éramos así, realmente, todos los hombres? ¿No decía eso la ciencia actual, la antropología moderna? ¿No decían los libros y los documentales que nuestros cerebros masculinos estaban hechos en el mismo molde del primate? ¿No decían que todas las mujeres pasaban por nuestro escáner de simetrías y curvas, de juventudes y exuberancias?.¿No era el deseo sexual, a veces larvado, a veces punzante, casi siempre dominado y reprimido, el que nos acuciaba en todo momento? Quizá no formulado así, en crudo, como dice Harry Block,  follarnos a todas las mujeres. Pero sí, desde luego, algo parecido.
¿No era cierto aquello que escribía Francisco Umbral en Mortal y Rosa, y que yo tengo subrayado sobre el mismo libro, y transcrito por algún lado?
Toda situación entre hombre y mujer es siempre tensa y falsa porque hay un tercero entre ellos, un antropoide que va y viene, se impacienta e interrumpe de vez en cuando: “Bueno, empezamos o qué”.
¿O aquello de...?
¿Y la vida? Un acecho sexual, continuo, torvo, con muebles y oficinas de por medio, nada más. Hombres y mujeres se observan de reojo, se espían, precipitan y retrasan el momento de la captura.



            Harry, en la consulta del hospital, trata de animar a un amigo que está haciéndose un chequeo cardíaco.
Harry: Tú crees que te mueres, pero no es así. Hoy día tienen lásers, tienen... no sé.
Amigo: Tú y la ciencia, ¿eh?
Harry: Sí, ¿qué hay de malo en la ciencia? Mira, yo, entre el aire acondicionado y el Papa, prefiero el aire acondicionado.

            Minutos más tarde, en la misma consulta:
Médico [al amigo]: Está usted en forma, en plena forma. Sí, sí. Tiene una pequeña bursitis en el brazo, pero aparte de eso...
Amigo: ¡Fantástico!
Harry: ¿Lo ves? ¿Qué digo yo siempre? Las palabras más bonitas de nuestro idioma no son te quiero, sino ¡es benigno!


  
      Elizabeth Sue, vestida de novia floral, alimentará mis deseos románticos en estos primeros achuchones del estío, y del hastío. Decir que luce hermosa y radiante es, además de una cursilada, una simpleza. Por supuesto que querría follarme a una mujer así, como dice Harry Block. Pero con tacto, con delicadeza, con largos preámbulos de cortejo. Con mucha cena, mucho cine, mucha conversación íntima en las cafeterías antes del abrazo definitivo bajo la sábana. Con mucha paciencia de semanas, o de meses, si fuera menester. Entre follármela y hacer el amor con ella sólo existe este disimulo más o menos dilatado de las intenciones. Lo demás es hipocresía, o tontería.

 


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