Poderosa Afrodita

En Poderosa Afrodita, Lenny y Amanda adoptan un hijo de madre desconocida al que llamarán Max. Lenny es un afamado reportero deportivo; Amanda, una exitosa galerista de arte. Ambos son personas cultas e inteligentes, neoyorquinos de clase media-alta que viven en un céntrico apartamento repleto de libros. Max, sin embargo, exhibe una inteligencia más propia de un superdotado que de un niño simplemente criado en ambientes ilustrados. Amanda acepta este hecho como un regalo de la fortuna, y decide no darle más vueltas. Adoptado a ciegas, Max podría haberles salido un retrasado,  un autista, un hijo del demonio con el número 666 grabado a fuego en la nuca. Pero Lenny, al contrario que Amanda, necesita saber. Cuando contempla los juegos de Max en el salón, una parte de él sonríe complacido, y otra rumia una duda que le carcome las entrañas. ¿De dónde habrá salido ese crío inteligentísimo? ¿Quién es la madre que lo entregó en adopción? ¿Quién es el padre que vive escondido en la mitad de esos genes prodigiosos? 



La búsqueda y hallazgo de esa madre biológica constituye la trama central de Poderosa Afrodita, una de las películas más redondas de Woody Allen, de guión matemático, medio al segundo, al milímetro, cómico y travieso, con una Mira Sorvino que al mismo tiempo que nos revienta las braguetas nos obliga a despellejarnos las manos aplaudiendo su dulzura bobalicona de puta de bajo standing. Una lástima que luego, tras ganar el Oscar merecidísimo, Mira se nos perdiera en el laberinto de las coproducciones internacionales, de las películas fallidas que jamás llegaron al conocimiento de sus cinéfilos enamorados. Dejó un hueco en nuestro corazón que muchas actrices han querido ocupar después, sin conseguirlo.



Poderosa Afrodita es algo más que una comedia ingeniosa. Despojada de chistes y enredos, es una película de filosofías muy enjundiosas, de reflexiones muy altas. Un alegato de Woody Allen a favor de la influencia poderosa de los genes. Se ve que ha leído los mismos libros que yo leí hace años, y que ahora comban una balda completa de mi biblioteca. Unos, la minoría, se posicionan a favor de las influencias del ambiente; otros, la mayoría, a favor del poder omnímodo y poco corregible de los genes. Woody Allen, en esto, como en otras cosas, es un hermano mío del alma, un colega de tertulias en el Club Diógenes de los silencios.  



Si Lenny hubiese creído en el poder mágico de la educación, se habría atribuido el mérito de haber criado a un hijo tan inteligente. Cosa de poner música de Mozart a todas horas, de leer juntos los cuentos infantiles, de hablarle al chiquillo con un vocabulario amplio y una sintaxis impecable. Así piensan muchos de los padres que caminan orgullosos por el ancho mundo, presumiendo de hijos estudiosos, de hijas brillantísimas. Así piensan, también, los padres apesadumbrados, culpados a sí mismos, a los que finalmente les salió un hijo medio bobo, carne de cañón en el mercado laboral, semianalfabeto y cariñoso. Lenny, en cambio, cree en la lotería vital de los genes. Se alegra de que Max sea un niño tan listo, pero no se siente partícipe de la fiesta. Y mucho menos organizador. Al adoptarlo le regaló un hogar confortable, un buen colegio, una seguridad económica... Una familia que se preocupa por él. Son grandes cosas, desde luego. ¿Pero la inteligencia? Eso es otra cosa. Max la lleva cosida a los cromosomas; no tiene nada que ver con Lenny, ni con Amanda. Tendrían que encerrarlo en un sótano oscuro, aislado del mundo, durante años, para corromper sus facultades. Ser unos padres de película de terror para cercenar el futuro espléndido que le aguarda. Sin embargo, en el polo opuesto de las atenciones, los efectos sobre la inteligencia son escasos. Lo que no da natura, tataratura. Como dice el periodista científico Matt Ridley en uno de sus libros: 
Los padres son como la vitamina C; siempre que sea apropiada, un poco más o menos no tiene un efecto visible a largo plazo”. 




Max: ¿Quién manda más, tú o mamá?
Lenny: ¿Te importaría repetirlo?
Max: ¿Quién manda más, tú o mamá?
Lenny: ¿Quién manda más? ¿Tienes que preguntarlo? ¿No sabes quién manda más? ¿Mamá o yo?
Max: No 
Lenny: Mando yo, ¿entendido? Mamá..., hum..., mamá sólo toma las decisiones. Son dos cosas diferentes, ¿sabes? Mamá dice lo que hacemos, y yo... controlo el mando a distancia.


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